PARALELO UNO

 

Paralelo uno

 

 

Pensé en la teoría de los mundos paralelos y en que podía ser cierta. Al fin ya al cabo no cabía la casualidad en aquel encuentro, tampoco creí que fuera posible atribuirlo al destino. Por tanto no quedaba más explicación que aquella, ya saben, la teoría de los planos paralelos que asegura que cada uno de nosotros vive historias diferentes en distintos ámbitos espacio-temporales, innumerables en su número, infinitas en sus posibilidades, pero siendo siempre la misma persona, aunque en circunstancia diferentes (lo que, según el filósofo, haría que no fuésemos realmente la misma persona).

Pero vayamos al hecho en sí, una mera anécdota. Subía las escaleras del metro. Iba despistado, pensando en mis cosas, nada importante, sin duda, sin muchas ganas en esa altura de mi vida de seguir en una ciudad que había comenzado a detestar, si es que alguna vez la había amado. De pronto me fijé en la mujer que subía un par de escalones por delante. El corazón me dio un vuelco. Aquellos hombros rectilíneos, aquel pelo castaño, rizado y atado en una abundante coleta, aquella forma de vestir, tan colorida, no podía ser otra persona, no me cupo duda alguna de que se trataba de ella. Hacía años que no la había visto, dos, tres, quizá cuatro, y lo único que supe en todo ese tiempo, por un amigo común, era que se había ido a vivir a otra ciudad, no muy lejos, por otro lado, de aquella en que yo estaba. Por tanto no era descabellado que más pronto o más tarde nos volviéramos a ver por mera coincidencia.

Aceleré mi paso para verla el rostro. Me di cuenta enseguida: no era ella. Pero el parecido era enorme, casi el de dos hermanas gemelas. Bien sabía, sin embargo, que era hija única. Ella se dio cuenta que la miraba. Sus ojos denotaron un cierto susto, aunque luego supe que indicaban sorpresa. Ya habíamos salido a la calle. No pude menos que disculparme. Perdone, le dije bastante cohibido, dudé si tutearla, me ha recordado mucho a una persona que conozco. Ella sonrió levemente. A mí también me recuerda a alguien, comentó. Qué casualidad, exclamé, y entonces me vi obligado a aclarar todavía más mi intervención. Esa persona, le dije, había sido una novia mía, bueno, más bien una relación. A veces me costaba acudir al término exacto. Ella se rió algo forzada, supongo que la situación le resultaba también extraña. Me recuerda usted también a alguien muy cercano, me dijo. Nos quedamos mirando, atolondrados, sin saber qué decir, aunque ella parecía más desenvuelta, menos tensa.

Fue entonces cuando pensé en la teoría de los mundos paralelos. Qué quieren, me impresionó, me dio vértigo, no lo sé. Sonreí más por ser amable. Me despedí. No creí necesario añadir nada más. Luego, al instante, lamenté dejarla marchar sin más, me hubiera gustado saber cómo me va por otros mundos. Tal vez porque por entonces no me sentía muy feliz en aquel que ocupaba.

 

 

Juan A. Herrero Díez

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