UN BREVE VIDA JUNTOS

 

Una breve vida juntos

 

 

Apareció de pronto en mi vida, como suelen ocurrir estas cosas. La conocía de unos meses atrás, habíamos coincidido en las oficinas de la universidad. Hablamos en la fila mientras esperábamos nuestro turno, yo le pregunté algo y ella me respondió. Allí se acabó todo. No la había vuelto a ver hasta ese día, cuando paré en el café y ella se sentó a mi mesa, me dijo hola y comenzamos a charlar. A partir de ese día nos hicimos inseparables. Íbamos al cine, paseábamos por el parque o por cualquiera de los barrios, me venía a buscar a la biblioteca de la universidad. Yo no la pretendía, en absoluto, tampoco creo que ella me buscara de un modo interesado, buscando algo en concreto. Simplemente coincidimos en una ciudad que no nos resultaba especialmente amable, en un momento, además, de inmensa soledad.

A veces me molestaba que fuera tan sumisa. Yo quería ir al cine, íbamos al cine. Me apetecía caminar, caminábamos. Prefería que nos quedáramos en casa, nos quedábamos. Por cierto, no sé cuanto tiempo tardó en mudarse a mi casa, un poco más grande que la suya. Una tarde apareció con una maleta y un par de bolsas de mano, y se quedó. Ni siquiera lo habíamos hablado. Tampoco dijimos nada ese día. La dejé pasar, le hice un hueco en el armario y a partir de ese día pasamos también a compartir un apartamento como si fuese el fruto de una previa decisión. Es verdad que yo no me negué. Tampoco sé muy bien si debía negarme. Supongo por otro lado que ya me venía bien. La comodidad de su compañía me resultaba mejor que su sumisión, un tanto irritante. Y que mi soledad, seguramente, que me estaba ya abrumando.

No nos contamos las vidas. Preferimos no saber nada de nuestros respectivos pasados. En cuanto al futuro, le dejé claro que cuando acabara mi tesina me iría de aquella ciudad. Creo que quedó también claro que entonces habría una despedida. Me daba miedo que forzara en su momento alguna escena dramática con la que echarme en cara ese final anunciado, pero me parece que así lo entendió ella. Había una fecha de caducidad para nuestra relación. Dicho así, puede parecer algo perfecto, equilibrado, la falta de compromiso conllevaba un sosiego, nada que ver con las pasiones que siempre acaban hiriendo. Pero reconozco también que había algo tremendamente frío en todo aquello. Y eso tampoco nos salva del dolor, aunque lo pensemos y tomemos distancia de las cosas, de los sentimientos, para no sufrir. No obstante, no sólo hubo frialdad en aquella relación, sino que fue para mí una época fría en todo. Quiero creer que todo aquello no dejaba de ser la consecuencia de una vida que había sido en toda su extensión bastante fría. La tesina había sido al fin y al cabo una excusa para cambiar de ciudad, para huir de mi familia y del ambiente en que siempre había vivido, tan desapegado y distante, aunque no había una razón tangible para ello, simplemente me sentía a disgusto, me desasosegaba tanta distancia hacia todo. Creo que buscaba algo distinto. Claro que no conseguí cambiar nada de aquel desafecto vital. El traslado no había cambiado en absoluto mi desasosiego. Me faltaban los sentimientos, era incapaz de expresarme incluso para mí mismo. Mi propio diario, en aquella época, apenas traslucía lo que yo sentía. No dejaba de ser una extensión de mis escritos universitarios, de mis estudios y de mis análisis. A veces me veía como un psicópata en ciernes. Desde luego, iba a ser un perfecto investigador, pero como ser humano sin duda estaba dejando mucho que desear. Claro que a ella le sucedía otro tanto. Era como un reflejo de mí mismo. No es excusa, lo sé. No obstante, no quiero que crean que me estoy justificando, simplemente les cuento lo que pasó, nada más.

Así vivimos durante unos meses. Presenté mi tesina. Alcancé la máxima calificación. Me otorgaron incluso un premio por el contenido de mis pesquisas y por la originalidad de la tesis que defendí. No fue cuantioso el importe del premio, pero me permitió vivir varios meses sin trabajar. Fue una prórroga en nuestra relación. Sin embargo, nada cambió entre nosotros. Continuaron los silencios, su sumisión, los largos paseos, el cine de algunas tardes, los anocheceres abrazados junto a la ventana, la contemplación silenciosa de una calle desierta, el amor carente de pasión y las conversaciones breves e insulsas.

El dinero se acabó. Se terminó la prórroga. Ella había encontrado un trabajo en una librería de la ciudad. No planteó que viviéramos de su sueldo mientras yo buscaba algo. Aceptó lo que ya sabía desde el principio, que aquello se acabaría y ese momento había llegado. Es cierto que hubo tristeza en esos últimos días. Nos habíamos acostumbrado el uno al otro y es cierto que el roce crea cariño. Pero yo no me quería quedar. Tenía otros planes, volvería a mi ciudad, intentaría otros proyectos.

Pusimos a su nombre el contrato de alquiler. No me dijo nada sobre lo que pretendía hacer con su vida. La última noche nuestros abrazos fueron más vehementes, tal vez nuestros cuerpos deseaban mantener el recuerdo del tacto ajeno.

No me acompañó al aeropuerto. Desayunamos juntos y ella se fue, como todas las mañanas durante ese último mes, a trabajar. Yo salí poco después. Nunca he vuelto a saber nada de ella. Es verdad que mi vida se ha vuelto algo menos fría, que he aprendido a sacar mis sentimientos. Me pregunto a veces lo que le debo a ello de este proceso. En ocasiones también pienso en ella. Creo que la echo de menos.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

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