EL DOCUMENTO

 

El documento

 

 

Nada más lo tuvo entre sus manos, intuyó que más pronto o más tarde acabaría detenido. Era consciente de la falsedad de aquellos papeles, por mucho que su interlocutor le hubiese dicho que no pasaba nada. Pero no era tonto y bien sabía que aquello no era normal. Se quedó un instante mirando el documento, el más importante de los tres que le entregaron y por los que estaba pagando un buen dinero, dinero del que tampoco estaba sobrado. Era un cartón rectangular de color marrón claro, casi amarillo, en una de cuyas esquinas estaba su foto. Constaba otro nombre, Carlos Pereira Gonçalves, pero la foto era la suya y por un momento se imaginó siendo Carlos Pereira Gonçalves, ciudadano portugués, peón de la construcción y emigrado a España. No tenía muy claro cómo vivía un portugués, si se parecía más a un brasileño, por aquello de que hablaba el mismo idioma, un poco más nasal, tal vez, y menos musical, pero el mismo idioma al fin y al cabo, o a un español, porque no dejaban de ser vecinos en la esquina aquella del sur de Europa. Se sintió, en todo caso, extraño porque su foto apareciera junto a un nombre distinto al suyo puesto que él, pese a todo, seguía siendo la misma persona.

La voz de su interlocutor le devolvió a la realidad. Le pagó lo acordado. Metió el carné y las dos hojas en el bolsillo de la chaqueta y se despidieron no sin frialdad y cierta premura. Volvió a intuir que aquella compra le reportaría en un futuro más o menos distante problemas con la policía, no en vano se hablaba mucho de otros compatriotas detenidos después de uno o dos años de trabajo duro con un documento como el suyo en el bolsillo. Decidió en ese momento que éste iba a ser el plazo que se daba, dos años, durante los cuales trabajaría como Carlos Pereira Gonçalves y enviaría a su familia en Rondonha todo el dinero posible, y no le iba a resultar difícil ahorrar mucho dinero porque tampoco era de los que despilfarraban en cerveza y farras. Después, si no era detenido, si tenía esa suerte, si todo transcurría con relativa tranquilidad, relativa porque la amenaza estaba allí, sobre él, volvería a su ciudad y con el dinero ahorrado abriría cualquier negocio y podría trabajar y ganarse la vida y nunca volvería a salir de su tierra ni a separarse de los suyos y sería entonces feliz y no tendría preocupaciones, como las que tenía en ese momento en que, tras despedirse del tipo aquel que le había vendido los papeles, avanzaba por una calle fría y oscura hacia su casa, casa compartida e impersonal, pero en la que vivía desde hacía meses, y caminaba mientras llevaba en su bolsillo un documento con su foto y otro nombre, y que no acababa de sentir como propio, aunque dependía de él, aunque su vida, a partir de ese momento, iba a estar en manos, en gran medida, de ese trozo de cartón con su foto y un nombre que no era el suyo.

Miraba a todas partes, temiendo que apareciera de repente un policía de migración y le preguntase su nombre. Ya sabía, en ese caso, lo que debía responder a partir de ahora: Carlos Pereira Gonçalves, ciudadano portugués, peón de la construcción y emigrado a España. Lo tendría que decir, se dijo, con calma y desenvoltura, como si realmente él fuese Carlos Pereira Gonçalves y toda la vida hubiese sido ciudadano portugués, aunque qué raro era ser portugués, se le ocurrió, y no saber nada de Portugal, salvo que hablaban como si estuvieran permanentemente constipados. Y qué raro era haber trabajado toda la vida como peón de la construcción, cuando nunca había trabajado como peón y ahora estaba aprendiendo el oficio, y lo era también, extraño, añadir a su condición laboral la de ser emigrado en España, país del que tampoco sabía mucho más cuando llegó, pero al que se estaba aclimatando no sin alguna dificultad y sobre todo mucha nostalgia porque nunca antes había salido de su país. Todo lo debía decir con seguridad, de un modo seguro, elocuente, si lo decía con seguridad, de un modo convincente al policía que sin duda le observaría con toda la atención, despojaría en él, sin lugar a dudas, cualquier atisbo de recelo que ese mismo agente de la autoridad, experto en tales menesteres de documentos ciertos o falsificaciones, pudiera tener.

Torció finalmente hacia la derecha y allá enfrente, a escasos trescientos metros, estaba su casa. No obstante, a pesar de la cercanía del portal, aumentó más el miedo de que apareciera de pronto uno de esos policías de rostro irritado, imaginó, cuya función era perseguir a personas como él. Pensarlo de este modo le sorprendió, porque no se consideraba un delincuente, un bandido, y pensar que había policías que perseguían a “personas como él” le inducía a verse como un fuera de la ley, pero si al final había accedido a comprar una identidad, se dijo, para convencerse de que había hecho lo correcto, para quitarse de encima la culpa que le empezaba a angustiar, era porque no le quedaba más remedio ya que si quería trabajar y ganarse la vida honradamente, pues era esto y no otra cosa lo que él más deseaba y a lo que había ido a hacer tan lejos de su casa, no podía hacer nada más. Seguro que era esto lo que debía de decir si le detenían, aunque no estaba convencido de que sirviera de nada, porque al fin y al cabo estaba contraviniendo la ley. Y darle vueltas a todo esto le hacía temer más la presencia de un policía alrededor de su casa y estaba sudando la gota gorda pues el temor se había vuelto terror y angustia, y creyó que iba a tener, él y sólo él, la mala fortuna de que le trincasen no a los dos años de comprado el documento, sino prácticamente a los dos minutos de habérselo metido en el bolsillo y a escasos cien metros del portal de su casa.

Pero al final llegó al portal. Respiró tranquilo, aunque no del todo. De pronto vio claro que su vida había cambiado. Que llevar esos papeles le había convertido en un perseguido. Y supo con claridad absoluta que en cualquier momento le detendrían.

 

 

Juan A. Herrero Díez

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