11º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

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11º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXI   25-10-2.008

 

EDITORIAL XI

Carabanchel o la voluntad real de olvido

 

El pasado jueves se iniciaban las obras de derribo de la cárcel de Carabanchel, lo que a nuestro juicio contradice de forma más que evidente la política de memoria histórica y demuestra hasta qué punto, tal como señalábamos en nuestro editorial del número cuatro de la revista, hay claroscuros en dicha política a la vez que se pretende hacer las cosas a medias.

 

Hemos de recordar que la cárcel de Carabanchel se inauguró en 1944 y su función fue la de mantener encarcelados a miembros de la oposición al franquismo. Por ella pasaron un sinfín de militantes políticos y sindicales, algunos de los cuales llegaron a tener un papel importante en la transición a la democracia, como Marcelino Camacho, dirigente durante años de Comisiones Obreras. El plan acordado entre el Ministerio del Interior, del que dependen los centros penitenciarios, y el Ayuntamiento de Madrid es levantar vivienda, oficinas y un parque. No obstante, el proyecto ha contado con la oposición de algunas plataformas de vecinos y de las agrupaciones de memoria histórica, también habría que incluir aquí una propuesta del CSIC, que piden infraestructuras culturales, que se mantenga en pie parte del edificio como recuerdo de la represión y que se fomente un Centro para la Paz.

 

Tal como dijimos en el número IV de la revista, no queremos plantear un debate político, no es éste el lugar, pero sí queremos intervenir en el debate social y cultural. Es nuestra voluntad favorecer cualquier iniciativa que parta de una voluntad de análisis del pasado y creemos además que este análisis debe ser amplio, sin cortapisas ni ocultamientos. Nos parece que si se pone sobre la mesa, como lo ha hecho el gobierno, la necesidad de dar luz sobre las injusticias de un determinado periodo histórico, se ha de llevar a cabo con todas sus consecuencias y se deben favorecer los gestos de reconocimiento hacia las víctimas del régimen franquista. Aceptamos que no haya revanchismos, aceptamos que se nos diga que hemos de superar diferencias, pero estamos de acuerdo en que tenemos que mantener ciertos símbolos como recuerdo de una represión que fue política, social y cultural, símbolos que han de ser también una invitación a que no vuelva a haber un régimen que quebrante los más elementales derechos de las personas.

 

Por ese motivo somos partidarios de mantener parte de la estructura de la cárcel. En Barcelona no se dejó huella alguna del Campo de la Bota cuando se construyó el Forum de las Culturas, las administraciones municipal y autonómica no se mostraron muy interesadas en el más mínimo recuerdo de un lugar que fue testigo del horror y sobre el que se levantó un edificio para exhibicionismo y solaz de una modernidad desmemoriada, y ahora Madrid repite el mismo error, lo que nos hace dudar de la veracidad de ciertos debates. Preferimos símbolos modestos que inviten a la reflexión que grandilocuentes discursos y gestos que luego mantienen ocultas injusticias y tragedias que no piden más que un mero reconocimiento social. De ahí que simpaticemos con las demandas de mantener el recuerdo de lo que fue la cárcel de Carabanchel, aun cuando sea a través de una parte mínima de la misma que quede en pie para recuerdo de lo que una vez existió allí, un lugar en que se encarcelaba a la gente por discrepar con el (des)orden imperante.

 

 

 

 

Patrocinio Carrera de Borrego

 

Doctor, yo se lo cuento,

De tal manera,

Y que si yo me sincero

Con esta vehemencia,

Es por que siento

Que el olmo no da peras.

En mi tiempo de mancebo

Tenía la cantilena,

Que mucho sospecho,

Era mi condena.

Pulcra sentencia del verbo,

Alegría de verla contenta,

Grillo ruidoso y pequeño,

Noche concreta y serena.

Amigos alejados del sueño,

Era como una verbena,

Pálido mecía el vocero

Que gritaba con voz plena.

Pisé fuerte al silencio,

Ella cantaba coqueta,

Ciudad altiva con restos

De ser y por ciento no era.

Frío tirita de invierno,

Virtud de miel y colmena,

Iban todas como un ejército

Esperando madrugada abierta.

Roto el candil del lucero,

Sabia fatiga se acerca,

Es como repetir el cuento

De aquella apagada luciérnaga.

Oscuro estaba el firmamento,

No había rastro de una estrella,

Un satélite rastreaba el panfleto

Aquel de dura tiniebla.

Parecía todo perfecto,

Roto el caño de la “canaletas”,

Estudiantes con el intelecto

Cojían endrinas a manos llenas.

Un viejo borracho y travieso

Peleaba por la ley de la fuerza,

Los jóvenes machos y fieros

por todo tenían pereza.

Un coche en estado siniestro

Guardaba yonquis de pico y vena,

Rostro lascivo del maestro

Aquel que enseñaba la guerra.

Tristes tigresas por dinero

Piropeaban de cualquier manera,

Papelinas repletas de yeso

Se vendían por la plazoleta.

Mudo y sobornado madero

Quería dormir en la selva,

Tintes tintados en un tintero

Dibujaban a las cigüeñas.

Con dalias pagaba un testaferro

De la divina riqueza,

Golpes daba un casero

Por que quería cobrar su miseria.

Parece el mundo pequeño

Pero es grande y algunos se marean,

Tinglados y vociferios

Cosían y cosían sus telas.

Yunque de fragua en hemisferios

Que a este no se asemejan,

Por que las putas con desvelo

En sus esquinas de sed revientan.

Yuntas y falsos techos

Para la voz de la alerta,

Venden unos negros crecepelo

De ese de las largas melenas.

Los hipies van con sus flecos

Encogidos en aquel teorema,

Y los punkies con remedios

Para circuncidar a sus penas.

Mochileros extranjeros

Vienen a ver las callejas,

Luego cuentan a sus abuelos

Que vieron a la infanta y a la princesa.

Lo que no se cuenta en verso

Se cuenta a la luz de las velas

Y ellos no cuentan el sendero

De las putas por Asia presas.

Doctores que se hacen ruleros

Y los voletaires les venden setas

Con el estremecido bombeo

De las jeringuillas de los proxenetas.

Palacio del bombardero

Ten cuidado y por ahí no te metas,

Negocio del trilero

Su rapidez es pura ciencia.

Mañana te doy un beso

Y tu dormida abres tu entrepierna,

Yo te acaricio el púbico bello

Y en un descuido me las cierras

Son cosas de este mundo perverso

Que domina hasta las fieras,

No lo cuente a nadie, es secreto,

Pero usted seguro lo cuenta.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

LA FLOR DE HOJALATA

 

De un latón de aceite de oliva

y una gardenia enlatada,

nació una flor que resiste

las aguas espesas que empapan.

Preciosa que cuando quiere

de posición cambia.

En boca está mi palabra;

imitadora del viento

sus caprichos son de plata,

y sus sueños de titanio…

Pétalo, gajo de naranja.

Se nota bien tu alma de cántaro.

¡Ay! Flor que languidece

flor que fue flor con su tallo,

¿Acaso este mal has de pagar

que debiendo pagas tan caro?

Pues oscilas entre dos mundos

y serás la burla del vil niñato.

Pues su verdad no la quieren,

Ni por compasión implorando.

Unos sucios quincalleros

que trabajan con sus manos,

el destino roban por rateros

esculpiendo carne de chapajo.

Ahora resulta ser quincalla,

Quisiste vivir decorando,

Quisiste ser bonita filigrana

Y eres sueño sólo un rato.

Soñaste tu realidad de lata

Y eres simple y vulgar cacharro

Que se mezcla entre la amalgama

Y eres chiste, risa y pasto

De la hambrienta carcajada,

Eres juego, tontura y pago

Que se paga con la entraña.

Eres la venganza del guijarro

Eres grillo, brizna y nada,

Eres el moscón del bello caballo

Que el dueño no quiere en casa.

Eres la belleza de lo flaco

La flaqueza bella que escapa

Eres la bella puesta en lo alto

Para que nadie pueda encontrarla.

Eres el bello rastro que pardo

Rastrea la bella muy parda,

Rastreando viene bella encontrando

Y no es rastro que es bofetada

Y belleza no le queda ni rastro

Ni pardo, ni encuentro, ni facha.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

Marcharse

 

Joel y yo vivíamos en un barrio lejos del centro, frente a las vías de los trenes. Todos los días veíamos cruzar cientos de trenes. No sé si esto, ver todos los días trenes que se acercaban o se alejaban de forma que entonces nos parecía con frecuencia tan caprichosa, tenía algo que ver con nuestra idea de marchar de la ciudad. Quiero pensar que sí, que porque nos poníamos siempre en las vallas frente a las vías o en el puente de la estación y contemplábamos la larga fila de vagones avanzar seguros sobre los raíles nació en nosotros el inmensurable deseo de irnos para siempre. Al menos es el recuerdo que guardo de la niñez, pero sobre todo de la juventud, Joel y yo juntos, cualquiera que fuera la estación, lloviera o hiciera sol, de día, en el crepúsculo o por la noche, los dos sentados y viendo en silencio los trenes que avanzaban ante nosotros con su canturreo metálico y de repente, cuando la fila de vagones desaparecía de nuestra vista, brotaba aquella frase, la decía él o yo, o la decíamos los dos juntos, casi a la par, que algún día, y no precisábamos fecha, el porvenir era inmenso e imposible de limitar, nos iríamos de la ciudad en alguno de aquellos trenes.

Recuerdo uno de los últimos días que estuvimos juntos ante las vías. Era domingo, comenzaba a oscurecer y había algo de tristeza en el ambiente. Se acababa el verano. Había un olor seco a hierba desaguada, a tierra tórrida y una vaga promesa de tormenta de temporada que las nubes, tras los montes lejanos, anunciaban para la noche. Joel me lo dijo tras un silencio ensimismado. Me voy el próximo mes. Mentiría si dijera que me sorprendió. Joel había acabado el instituto en junio. Se había puesto a trabajar poco después en un taller y no estaba contento. Me lo había comentado varias veces. Nos solíamos reunir al final de la tarde cerca de la estación, comprábamos unas cervezas en un colmado próximo y nos sentábamos en el descampado a ver pasar los trenes, a charlar de nuestro descontento y a soñar con nuestra marcha. Es curioso, pero aquel año no hablamos tanto de marcharnos. Lo soñábamos igual, pero no lo decíamos. Intuíamos tal vez que aquel verano era distinto. No porque lo fuera en los detalles, el día se alargaba igual, todo parecía más sereno y las horas se nos iban entre charlas y lecturas, como cualquier otro verano. Pero discerníamos que las cosas podían cambiar ese año, que era el año de la verdad, que se acababa una etapa y otra debía comenzar.

Joel me dijo que se iba a estudiar a otra ciudad. Había elegido unos estudios que no había en la nuestra y su padre había aceptado al fin que se marchara, sobre todo porque le concedieron una beca y se había pasado el verano ganando algún dinero. Deberías escoger unos estudios que no haya aquí, me dijo. Sentí no poca zozobra. Yo acababa el instituto el siguiente curso y no tenía claro lo qué quería estudiar o hacer, pero estaba seguro de que mi padre era más difícil de convencer y barruntaba que ya tenía él planes para mí que aún no me había referido. No, para mí las cosas no eran tan fáciles, no se lo expliqué a Joel esa tarde, pero yo sabía que en mi casa todo era diferente y que mi destino no estaba tanto en mis manos como quisiera, aunque quedaba todavía un año, las cosas podían cambiar, no podía cerrar puertas.

Joel se marchó veinte días más tarde. Fue triste verlo irse, pero también me sentí feliz por él. Seguí yendo al puente de la estación, a las vallas o al descampado donde tantas veces habíamos estado juntos. Leía, miraba los trenes o paseaba mientras pensaba en todo en general. Era imposible no recordarle. Esperaba que todo le fuera bien. Pensaba también en mi vida. No sabía qué iba a ser de mí. También es cierto que con frecuencia procuraba no pensar mucho en el futuro. Miraba los trenes y deseaba con fuerza poder irme algún día en alguno de ellos. Lo deseaba con mucha, muchísima fuerza, con tanta que parecía imposible que algún día realmente no fuera a marcharme.

 

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

EDIFICIOS GRISES

 

Creo que me pertenecen sesenta metros cuadrados

de oxigeno claustrofóbico financiados por el gobierno.

Y una plaza de asiento en una sala de espera, con cafeteras

a setenta y cinco pelas el mal trago. Y una apretada cagalera,

despega de tu trémula zancada del hospital nauseabundo

a tu apartamento gris, que recuerda un retrato antiguo.

Quiero y no puedo salir de ese edificio, también

Grisáceo, que sobresale de mi herida amortajada con sueños rotos.

Pareciendo unos espantapájaros en la urbe submarina e inquisidora.

Un horizonte es para atrás, como la visión de las grúas desde

Abajo. Tal cual un Don Quijote y sus molinos. Yo miro, y comparo

los desafíos que las épocas han perpetrado a los más encogidos.

De rodillas y brazos en cruz de cansancio, de derrota…

Será de tanta miseria que se respira en la atmósfera.

Desde dentro para fuera y lo que recoges lo sueltas dentro.

Y lo que sobra mira desde fuera. Y no deja de mirarte.

El pijama es una agobiante prenda que te vela la pesadilla

de ver lo que te rodea… las alcantarillas tocan a muerto,

los fumaderos de hachís son bancos destrozados y alejados de todo,

los yonkis generacionales son traicioneros de por vida,

las madres de luto son vírgenes que se quemaron antaño.

Y los mártires de la locura son ángeles marcados con puntas

de estrellas, (por que está comprobado que en ellas está su destino).

Los bares de rumba populachera donde gritan los macacos,

(la cultura allí en el purgatorio baila la soleá de la ignorancia),

los niños lloran un llanto mecánico que aprendieron del biberón seco.

Los camellos, los proxenetas, los taberneros y los prestamistas

Se hacen mecenas de la muerte, hecha canción, ¡Por infinita vez ya!

en este, el mío rincón.

¡De sesenta metros cuadrados de oxigeno claustrofóbico

financiados por el gobierno!

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

Sobre los pisos de protección oficial

 

Mi perucha divina,

El sueño del paraíso,

La cuerda del “status quo”

Y todo en un minuto.

Eres mi niña,

Escucho el murmullo.

Eres mi niña,

Y digo: soy tuyo.

Y tú me suplicas

Comernos el mundo,

Y yo te hago caso

Y nos exiliamos juntos.

A otro oculto barranco,

A otro triste mundo,

A que nos tiren la mierda

Que vierten los cenutrios.

Y otros personajes,

Como los que van camino

De habitar estos parajes,

Como escuchen mi eructo…

Pisos, altos como el acueducto

y el populacho todo junto

Pero esto que digo

No os importa ni un pito.

Y también me limito

A cantar por la noche,

Me tiro pedos, vomito,

Y cuando como hago ruido

Y pongo música y pataleo

Y despierto a los vecinos.

Y tiro colillas por el balcón

Y a veces me la saco y meo.

Les escupo a los niños

Y cuando llamáis os meo

Y os creéis que llueve,

¡Qué cosas tiene la gente…!

Saca el paraguas, que llueve.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

 

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