12º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

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12º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXII    01-11-2.008  

 

EDITORIAL XII

Estados Unidos, imperio, cultura y elecciones

 

Si nos preguntáramos qué son para nosotros los Estados Unidos y tuviéramos que responder sin pensar mucho, sin duda la respuesta dependería del momento en el que nos formularan la pregunta. No cabe duda de que la historia de los siglos XX y XXI está repleta de agresiones que aquel país cometió contra otros pueblos que se atrevieron, tremenda osadía, a discrepar de las imposiciones del Imperio. Los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos se han erigido en el juez del mundo, ellos dictan qué regímenes son los adecuados y cuáles se convierten en enemigos de la humanidad, hasta el punto de que su desfachatez no tiene límites: el país de las armas nucleares acusa y amenaza a otros que pretende tenerlas, cuando lo lógico sería que ningún país las poseyera y muchos menos las fabricara. Ellos imponen a base de dólares un modelo de vida consumista y un tanto superficial. Han apoyado regímenes siniestros sin escrúpulos para vulnerar la condición humana de sus oponentes.

 

Sin embargo, sería simplista que nos basáramos sólo en lo anterior para crearnos una imagen parcial de la realidad y así formarnos una opinión negativa de aquel país y de su sociedad. Sin duda los Estados Unidos son eso, pero también muchas otras cosas. El cine, el jazz o el rock tienen una denominación de origen claramente norteamericana. La literatura de los Estados Unidos está repleta de nombres que conforman nuestra cultura universal, también nuestro propio bagaje cultural más personal. Edgar Allan Poe, Mark Twain, Walt Whitman, J.D. Salinger, William Faulkner, Raymond Carver, Jack London, Truman Capote, Tennessee Williams, Ernest Hemingway, Flannery O´connor, Allen Ginsberg o Jack Kerouac son algunos de los nombres que se nos vienen a la cabeza por sus obras literarias, sin duda fundamentales. Hay otros muchos autores, igual que cineastas que han dado el mundo un formidable arte. De los Estados Unidos proceden, sin duda alguna, las sintonías de nuestros vidas, que serían muchos más pobres si no fuera por la aportación de Ella Fitzgerald, Louis Amstrong, R.E.M., Bob Dylan y tantos y tantos músicos.

 

¿Podemos simplificar por tanto lo que son los Estados Unidos y declararnos absolutos enemigos de un país que tanto ha aportado a la cultura de nuestro tiempo? Sabemos que simplificar es muy fácil. Las víctimas de la maquinaria de guerra norteamericana nos recuerdan que el (des)orden del mundo es injusto, como injusto es que un Estado, cualquiera que éste sea, imponga su ley por la fuerza. Pero no podemos tirar por la borda toda una cultura por una determinada política.

 

El próximo 4 de Noviembre habrá elecciones en los Estados Unidos y la atención del mundo estará puesta, otra vez, en aquel país. No es para menos, el equipo en el poder en la Casa Blanca va a determinar la política internacional. Esta vez, nos cuentan, se añade una cuestión simbólica que sin duda es importante: por primera vez se presenta un candidato negro para la presidencia, Barack Obama por los demócratas, y hay una mujer candidata para la vicepresidencia, Sarah Palin por los republicanos. No tenemos muy claro si el mundo cambiará mucho si ganan los demócratas o si se mantienen los republicanos, nos gustaría que algo cambiase, aunque muchos nos tememos, visto lo visto, que el (des)orden de este mundo se mantendrá desgraciadamente algunos lustros. Sea lo que fuere, esperamos que la cultura norteamericana siga ofreciéndonos sus obras, de momento una de las pocas cosas que nos hace confraternizar con aquel país.

A MI ABUELO

In memoriam.

 

Recuerdo de ti ese agridulce sonrojo

Tus manos de dedos gordos y pulidos

Recuerdo un atardecer demasiado rojo

Viendo ir al gorrión de las migas al nido.

 

Ese palpitar de estrellas en tus ciegos ojos

Esa música tuya de tiempos queridos

Esa cartera escondida que por antojo

Descubrí por casuales juegos escondidos.

 

Recuerdo a mi madre sacando mis piojos

Y tú riendo como halcón viejo ya herido,

Recuerdo de flores en ramos un manojo.

 

Tu silencio fumando tabaco se ha detenido

Por una espesa aureola de humo flojo.

Yo al fumar recuerdo “un nunca te olvido”.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

La inocencia de mi soledad

 

Soledad baja las escaleras.

Una serpiente se enrolla

Entre sus piernas.

 

Gime, clama, ruega, llora.

Nadie la oye.

 

 

Soledad ahora sube las escaleras.

Una pierna.

Una pierna.

 

 

Y la luna alumbra

Su inocencia.

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

 

Destino

 

 

Discutíamos de un modo adolescente si el destino determinaba por completo nuestra vida o si, por el contrario, éramos nosotros, como individuos libres, quienes forjábamos día tras día nuestro propio destino. Entonces Raquel, que parecía decantarse por la primera opción, nos contó aquella historia que, más allá de cualquier valoración que pudiéramos deducir, nos dejó un cierto mal sabor de boca.

A la chica la conoció Raquel en un avión. Fue a sentarse junto a nuestra amiga, que viajaba por cuestiones de trabajo a un destino lejano. Era, al decir de Raquel, una muchacha atractiva, aunque no despampanante. Llevaba los ojos enrojecidos y llegó acompañada hasta el avión por una mujer que habló con el comandante mientras los viajeros se acomodaban en sus asientos y que se marchó tras entregar al piloto un sobre marrón. Raquel supuso que se trataría de una deportación.

Como las lágrimas aumentaron nada más comenzó el avión a ponerse en movimiento para el despegue, Raquel le ofreció un pañuelo de papel, lo que dio lugar a una larga charla y a que ella le contara su historia.

La muchacha, le contó, había llegado a Madrid dos años antes. Viajó sabiendo a lo que se dedicaría, que era lo mismo que a lo que se había dedicado en su país de origen y que no era otra cosa que a prostituirse. Sin duda las condiciones de su ejercicio debían mejorar bastante de un país a otro, aun cuando aquí, le comentó la muchacha, era también bastante penoso, sin embargo le daba de sobras para vivir e incluso llegó a ahorrar algo de dinero. Trabajaba en un club, uno de esos establecimientos que se escudan en la forma de hotel pero que son verdaderos almacenes de mujeres y que brotan por toda la geografía, a las salidas de las ciudades.

Pronto se habituó al país, los hombres son iguales en todas partes, lo dijo más como un lamento algo forzado, un intento de compadrear con nuestra amiga, la diferencia está en otros detalles, ganaba más, todo era quizá más limpio, aunque también más distante y algo hermético. Pero éstos son detalles que a ella tampoco le importaban mucho. Quería hacer dinero y regresar algún día a su país con las espaldas cubiertas, el sueño de tantos emigrantes de toda condición que en el mundo ha habido.

Pero le ocurrió lo que sueñan tantas putas jóvenes que se emocionan viendo la película Pretty Woman y que consideran siempre que es algo imposible, conocer a un hombre que se encariñó con ella, tal vez por capricho o tal vez por amor, quién podría discernirlo, pero acaso era diferente en otras relaciones más convencionales, se preguntó Raquel mientras la muchacha se encarrilaba en su historia, y comenzó a frecuentarla y ella a sentirse cómoda con él, incluso a reírse con sus ocurrencias, pese a no ser Richard Gere, y también comenzaron a verse fuera del local, y a hablar y hablar hasta la saciedad, hablaron tanto que surgieron los planes y un día se fue del local, se despidió cuando podía hacerlo, había cubierto sus deudas de viaje y se marchó a vivir a la pequeña ciudad en la que él residía.

La suerte parecía comenzar a sonreírle. No tenía papeles pero encontró un trabajo en un restaurante de la sierra, cerca de donde vivía. Se trataba de un local de temporada cuyo dueño parecía contento con la muchacha. De hecho le llamó poco antes del mes de abril para proponerle tramitar sus papeles a partir de la oferta de trabajo que él le haría. Sólo tenía que hablar con un abogado y presentar toda la documentación necesaria.

Como mujer precavida que era, y un tanto dada al fatalismo, prefirió no comentarle nada a Francisco, su novio -le pareció raro emplear esta palabra, novio, referido a alguien que tenía relación con ella-, y comenzar las gestiones con cierta discreción. Tenía mucho vivido y sabía que las cosas podían truncarse cuando menos lo esperabas. ¿Para qué, entonces, desilusionar a personas a quienes quería?

Además, debía solucionar un problema acuciante, el del dinero. Lo poco que tenía ahorrado no era suficiente, le quedaba un poquito para poder afrontar los gastos. Había que pagar al abogado y gestionar además algunos trámites que requerían pagos un tanto costosos y se dio cuenta de que no estaba muy boyante, sino bastante limitada. Se planteó buscar un trabajo, pero sin papeles era difícil más allá de su propio ámbito local, había bastante control y pocos empresarios se arriesgaban a dar trabajo a quien carecía de permiso de residencia. Podía pedírselo al dueño del restaurante, como adelanto, sin embargo sabía que tampoco estaba bien de fondos y bastante hacía con permitirle gestionar sus papeles.

La idea le rondó desde el principio del problema, pero al principio lo rechazó. Sin embargo, poco a poco se lo fue planteado como una posibilidad que le pareció cada vez más llevadera y la única posible. Se trataría de volver al club una noche o tal vez dos y hacerse con el dinero suficiente para afrontar todos los gastos. Además, no tenía que acostarse con los clientes, simplemente bastaba con estar en la barra, charlar con los hombres y hacer que bebieran, con eso tendría ya una comisión que tal vez se tradujese en una cantidad más que suficiente. Sabía que Juliana, la encargada, se lo permitiría, había quedado bastante bien con ella y no le pondría problemas. Y a Francisco qué le digo, se preguntó. No tardó en ocurrírsele que lo más viable era decirle que iba a la capital unos días a ver a unas amigas de su país y que se quedaría con ellas el fin de semana, seguro que él no pondría objeción alguna y tampoco dudaría de nada.

Se decidió por la última semana de marzo. El viernes iría al club, así que el miércoles se lo comentó a Francisco mientras recogían la cena, sin darle el más mínimo énfasis. Tal como esperaba, no puso ninguna objeción.

El viernes al mediodía salió hacia la ciudad. Todo lo que necesitaba lo llevaba en una pequeña bolsa de viaje. Paró en la capital unas horas. No tenía nada que hacer hasta las ocho, hora en que otro tren le llevaría al club, así que paseó sola durante un buen rato. No sabría decir si se sentía nerviosa ante la noche que le esperaba, si presagiaba algo malo, como si una voz interior le advirtiera de que algo podría pasar, pero lo más seguro es que fuera que no, que nada vaticinara un fin trágico y que lo único que explicaba cierta zozobra era un leve remordimiento por esa noche en el club. Pero consideró que se trataba de algo necesario. Reprimió por tanto cualquier atisbo de intuición o mala conciencia o culpa que pudiera aparecer. A las diez en punto entró en el club. Se puso en una esquina, cenó algo y esperó a que llegara las once, hora en la que solían aparecer los potenciales clientes que le iban a permitir, esta vez sí, escapar definitivamente de sitios como aquel y encontrar de paso algo de felicidad.

Todo fue rápido, como en un sueño. Medio escuchaba a un tipo que le hablaba de no sabía muy bien qué cuando todo se crispó de pronto. No podía decir si alguien gritó o si se hizo uno de esos silencios tremendos que se anticipan a las tragedias. Vio las placas en las manos de aquellas personas y tardó un rato en comprender lo que estaba sucediendo. No puede ser, escuchó su propia voz, ajena a su voluntad, apenas un murmullo que devenía un lamento, esto no me puede suceder a mí. Un policía tuvo que repetirle que debía seguir a las otras chicas, todas como ella, extranjeras y sin papeles, hasta las furgonetas que esperaban fuera. Se sintió tremendamente sola una vez estuvo en la celda, después del trámite de entregar su pasaporte, de ser vagamente interrogada, de firmar unos papeles, los derechos le dijeron, que de nerviosa ni los leyó, y de hacer la entrega de sus objetos personales. Notó sobre sí la más profunda desesperación. Ni siquiera lloró, para qué, tal vez lo absurdo fuese lo vivido hasta aquel día y creer que había esperanza.

Le asignaron una abogada de oficio que le explicó que pasaría a un juzgado de guardia. La policía pedía su internamiento en un centro de extranjeros sin papeles para asegurar que fuera expulsada y era la juez quien decidía esta medida. ¿Tienes domicilio? La pregunta de la abogada, sin quererlo ni buscarlo, era para ella como una bofetada. Fue lo único que le llevó a mirarle a los ojos y durante unos segundos no supo qué decir. Es importante, le comentó la abogada, la juez te dejará libre si lo puedes acreditar. La suerte estaba echada, lo sabía, lo había sabido siempre. No había lugar a la esperanza. Nunca lo había. No, no tengo, musitó la muchacha. Apenas le quedaban fuerzas y sabía de antemano que la batalla estaba perdida.

– Por qué no le dijiste la dirección de tu novio -preguntó Raquel, conmovida por su mala suerte y vacilante ante la posibilidad de hurgar en la herida.

– No le podía hacer esto.

– Pero él, seguro, se enteraría de lo ocurrido, lo habrá sabido ya.

La muchacha tardó en responder. Raquel sintió por ella una lástima profunda, una pena inmensa.

– Quizá lo hice por mí -le confesó-, por mi propia cobardía, porque no hubiera soportado mirarle a los ojos.

Podía haber hecho muchas cosas, pensamos todos, sin duda fue una estupidez volver a aquel lugar, pero más allá de cualquier consideración sentimos que a aquella muchacha el destino no le trataba nada bien.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

 

 

 

I

Mi voz esta hecha de silencio

Corro las cortinas de la siesta

Pero todo sigue igual.

Un demonio negro tentando a las vírgenes.

Y yo sin abismos para trepar o caer.

Ahora se que soy

Una especie de mosca

Nadando en tu sopa.

 

II

Te sientes atormentado y yo igual

Quiero que bebas estas lineas que contienen

Fuego.

Descansare cuando todo haya acabado:

La ansiedad de poseer y el terror de morir

En brazos de esta noche ciega.

Este dolor esta matándome.

 

Y es solo un vómito contenido,

Una desgracia mas dentro de mi cuerpo.

Ya no es tiempo de perlas en los ojos

(agito banderas negras)

 

Solo sangre y

Nieve en los jardines.

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

TRIBUTO A LA TRIBU

 

Mundo viejo en lodazal de secano

Serpiente de jungla austral rasando

Museos tribales del polvo lejano

Mundo humeante de humo rodando.

 

Señor de queroseno, señor de metano

Lugar donde nacer y ver brotando

A un mundo de avaricia por lo indiano

Avaricia de materia recién supurando.

 

Donde se mira a ese dios de mecano

Un dios monstruoso derrumbando

Lo cercano, lo temprano, lo humano.

 

Donde se diseñan dioses deplorando

Justicia y ley, trucaje un tanto villano

Días de un cruel mundo loco explotando.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

1600, PENNSYLVANIA AVENUE

 

No quiero salir a esa calle,

donde se respira una alarma social.

Prefiero quedarme en mi casa

pues tengo lata que patear.

No quiero verme tan miserable

ni quiero sentirme White House,

siempre me he sentido culpable

por darme miedo Mickey Mouse.

La Avenida Pennsylvania huele mal,

mal huele la pesadilla nuclear,

repugnante paz de la guerra ideal,

sindicato del crimen de par en par.

Linconl es un paria de la libertad,

Nixon busca un magnetofón detrás

donde los Bush en estado de ebriedad

le frotan la puta a Clinton con aguarrás;

los Kennedy’s Brothers son otredad

y comparten con Washington mini-bar,

Carter da cal y arena a Panamá,

seguro Obama nos vendrá a salvar.

Los mundos se han hecho lejanos,

New York es una anciana prostituta,

gaviotas se comen sus propios guanos

y los villanos cobran su minuta.

Las barras y las estrellas se pavonean

y se creen las diosas del planeta,

mientras chicanos y negros se apean

y cruzan descalzos todas las glorietas.

Brindo mi brindis por la United States,

pues el capitalismo se cae,

así funciona el colmo que veis,

todo imperialismo también se las trae.

El mundo les pertenece a ellos,

ellos son los amos de la vieja Tierra,

ellos son los asesinos leguleyos,

a ellos les pertenece la miseria

[de esta vida perra.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

nevandoenlaguinea@gmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

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1 comentario

  1. Qué excelente revista. Voy a hacer una reseña sobre su publicación. Éxitos y muchos saludos.
    Cristian Claudio Casadey Jarai
    Editor de la Revista Cultural Espíritu Literario
    http://www.elespirituliterario.blogspot.com


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