10º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

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10º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

DIGITAL MENSUAL

NEVANDO EN LA GUINEA

LIVº de la segunda etapa/02-04-2011

 

EDITORIAL LIV

Josefina Aldecoa y la historia de la literatura española

 

Este mes de Marzo murió la escritora Josefina Aldecoa, novelista y compañera de viaje de Ignacio Aldecoa, su marido, Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, entre otros, una generación de escritores que pobló los años sesenta y que comienza a ser puente a un nuevo estilo literario.

La memoria se mantuvo muy presente en esta autora cuyas historias, en las que estaba muy presente su otra pasión, la pedagogía, poseen una enorme sensibilidad social, sin caer en lo meramente descriptivo, y el lenguaje toma de nuevo una importancia central.

Josefina Aldecoa y el resto de los escritores contemporáneos suponen además la firmeza de una literatura del interior que fue apareciendo tras la guerra (in)civil como tradición paralela a esa otra literatura del exilio que, por su dispersión, pareció en algún momento carente de continuidad y por tanto de tradición. Apreciación esta que, por fortuna, se fue corrigiendo con el tiempo y merece hoy el reconocimiento de los lectores, dos tradiciones literarias tras la guerra y se integra en los planes de estudio de las universidades y de los institutos (en el pequeño espacio que se brinda hoy, por desgracia, a la literatura en los planes de estudio de España).

Coincide este fallecimiento con la aparición de un ensayo de los profesores Jordi Gracia y Domingo Ródenas que forma parte de la colección que publica la Editorial Crítica sobre la Historia de la Literatura Española y que se centra en un largo periodo de tiempo que va de 1939 a 2010. En concreto, se trata del tomo 7 que toma por título, bastante esclarecedor, de «Derrota y restitución de la Modernidad». Porque resulta evidente que en la larga noche posbélica se produce, a pesar del desconcierto y las circunstancias, una lucha por recobrar esa modernidad perdida con la guerra y la desaparición del ambiente cultural y literario de la España de principios y mediados del siglo XX.

Poco a poco surgió en el interior una nueva literatura que procuró imponerse a la sequía de los primeros años y que poco a poco estableció un diálogo normalizado con los lectores. Muy grande fue la ayuda, y la influencia, desde luego, de los escritores latinoamericanos que, con el fenómeno denominado como Boom, descubrió al mundo la variedad del idioma y de la literatura en español y resultó para España toda una lección de humildad, ya que de pronto el castellano dejó de ser monopolio de la metrópoli. En este sentido, Josefina Aldecoa cita, aunque sea de pasada, en una de sus novelas la vida en otra colonia, Guinea Ecuatorial, que si bien de un modo periférico ha comenzado también a dar sus escritores en español.

Se trata sin duda de una gran aporte al estudio de los escritores y en el que, a todas luces, la generación de Josefina Aldecoa tiene un lugar importante. 

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MONÓLOGO SOBRE EL DURO ARTE

CON EL QUE CONVIVEN LOS POETAS

 

¿Para qué soy poeta si no gano dinero con ello?

¿Me aporta algo ser poeta?

Calentamientos y dolores de cabeza.

Reflexiono en soliloquios y poemas

para un público que tiene

otro concepto distinto de esta historia.

Les recito uno de mis versos onomatopéyicos

y se parten de la risa.

Hasta me graban en móvil y lo cuelgan en YOUTUBE.

¿Para qué soy un poeta?

¿Me compensa ser poeta? ¿Vale la pena tanta tinta?

¿Lo hago por aquello del amor al arte?

¡Gilipolleces!

Algunos poetas piensan que van a cambiar el mundo

con unos poemas, cosa imposible,

pero de ilusiones se vive.

Miren como se ríen aquel grupo de la esquina.

¿Para qué soy poeta?

¿Quiero demostrar algo a alguien?

Lo único que consigues es demostrarte a ti mismo

que ese no es el camino que te aconsejó tu padre seguir,

si hombre, aquel de que nunca se debe mentir en la vida.

   Cada cual va a lo suyo

y el mundo no hay quien lo cambie ya.

Lleva demasiado tiempo rodando sobre sí mismo.

Tú vas a un conflicto armado y recitas algún poema

y te fusilan con un maestro cojo y dos banderilleros fijo,

o quizá te pudras en una cárcel sombría.

Entonces, ¿para qué soy poeta?

Un amigo mío dice

que soy poeta para ligar más,

pero en realidad, ¿ligo más?

Para nada, las tías pasan de mí igual

o aún más que antes,

si les digo que escribo poesía

me toman por un cursi, un meapilas,

 un gilipollas o un inadaptado social,

o un blando que solamente sabe llorar.

Yo al principio presumía de poeta,

¡qué fracasos y qué meadas en la cara me daban!

Les decía a las chicas que les había escrito un poema

y que le había puesto al poema su nombre,

el de la susodicha, ¿estamos?

Cuando se lo recitaba me decían: −qué bonito,

después se iban con mi mejor amigo, que era albañil,

con más bíceps, con más oblicuos; con más pasta,

 por que está claro que ahora un albañil

gana más dinero que un poeta.

Pero trabajan más.

 Yo alego aquello de: Mi poesía es diferente.

Pero nadie se para a leer mis poemas,

prefieren otras cosas, prefieren la métrica del albañil,

o los videojuegos, hay algunos que prefieren el Parchís.

¿Para qué soy un poeta?

Odio hablar bucólicamente,

oníricamente, metafóricamente,

galácticamente, helénicamente,

herméticamente, estúpidamente.

Existen muchos tipos de poesía.

Tantos o más que poetas.

Existe el barroco, el romanticismo,

el surrealismo, el creacionismo, el realismo,

pero el mío es el masoquismo, puro y duro.

A veces se inventan otra manera

de llamar a un movimiento de poetas

aburridos, ególatras y exhibicionistas

con un nombre exótico o esdrújulo.

Con lo fácil que es llamarse Pombo, los ultraistas,

Generación Nocilla, la Gauche Divine,

La generación Beat, los del 36, los del 27, los del 98.

POETAS: pobrecillos los poetas.

¿Qué tratan de arrancarle al hombre?

¿Qué quieren extraer de donde no lo hay?

¿VEN? Ya me he puesto poético,

si es que lo llevo en la sangre.

La poesía, lo dicen hasta los editores

de poesía, No sirve para nada,

solamente para que ellos vivan de ella,

solo ellos y nadie más, claro está.

Por que con lo que cobra un poeta en su vida

no me dejan ni chupar la sal de los cacahuetes. 

Algunos se empeñan en demostrarnos

que sí sirve para algo ser poeta.

Logran imágenes maravillosas,

logran artefactos poéticos,

logran hacernos ver la magia, el milagro,

logran con palabras evocarnos,

ilusionarnos, emocionarnos, sorprendernos,

nos hacen meternos en lugares donde sólo cabe

el dedo meñique,

pero, ¿quién quiere a un poeta?

Quizá como animal de compañía sea

algo cansino teniéndolo ahí pensando

y traspapelando o digitalizando su poesía,

quizá como guardaespaldas no sirva,

demasiado sensibles para ir de tipos duros;

estos se van del esfínter deprisa y corriendo,

¿Qué tal como conversador?

Eso es justo lo que es un poeta, un conversador,

quizá hasta llegue a cansar

de lo que el jodido habla, y siempre de lo mismo,

¿y que de qué habla? ¿De qué va a ser?

De todo lo que tenga que ver con la literatura,

con el hecho de unir sílabas (contarlas a veces),

con el hecho de unir sujeto, verbo, predicado.

Artículo o pronombre, conjugar verbo,

y la labor laboriosa de buscar adjetivo,

a veces un adverbio, y otras un sustantivo,

y otras un montón de palabras que vienen también

en las sopas de letras y se tragan que da gusto.

Osea, un rollazo del que huyen hasta los filólogos.

¿Y las tertulias de poetas? ¡Ay! Las tertulias,

¡qué peligro tienen los poetas en las tertulias!

En las tertulias exhiben su culturalismo.

Presumen de que han leído a fulano,

a mengano, parafrasean a zutano,

e imitan a algún perengano que otro.

¿Para qué sirve ser poeta?

Mi padre por ejemplo, mi padre cree

que ser poeta es algo así como ser Jesús.

Si hombre, Jesucristo, el Mesías;

tiene a los poetas mitificados.

Cree que los poetas son como santos.

El hombre tiene el concepto de que el poeta

debe ser buena persona,

vamos, mi padre se cree que un poeta es algo

así como un testigo de Jehová.

De puerta en puerta dando el sermón

y vestidos con la ropa obsoleta del Corte Inglés del 82.

Mi madre no, mi madre piensa

que los poetas son maricones, directamente,

que es otra mitificación o tópico injusto,

según se mire.

Un poeta tiene una vida doble.

Ningún poeta vive de la poesía,

ni siquiera muertos, que es cuando más venden.

A mí me dice mi hijo que quiere ser poeta

y le digo: −Vas camino de que te crucifiquen.

O −Hijo, las personas a veces follamos.

O le puedo decir: −Chaval, dedícate a la banca,

que contarás billetes, en vez de sílabas y versos,

y luego encima reciben subvenciones del estado.

(Continuará)

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

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El regreso

         Se colocaron en medio de la plaza. Comenzaron a cantar el Eusko Gudariak, puño en alto, mirando a la fachada del ayuntamiento. Me quedé en un lado, bajo los arcos, observándoles a cierta distancia. Quince años fuera y al segundo día de vuelta me encontraba con aquella manifestación. Nadie me conocía, ni los de la concentración ni la gente que cruzaba indiferente o a lo sumo con un ojo puesto en los congregados. Nadie se acordaba de mí, ni ganas por mi parte. Prefería pasar desapercibido, como un viajero, un turista, uno de fuera que se queda un par de días en una pensión y se dispone a visitar el pueblo. La chica de la pensión me lo preguntó: ¿turismo? Dije que sí. Mi nombre, con toda lógica, no le dijo nada. El que usé no era el mío, el real, sino otro cualquiera elegido al tuntún: Mario Hoz Germán, pero sin duda tampoco le diría nada el real. Era demasiado joven para que mi cara le sonara. Me sonrió amable. Este es un pueblo bonito, me dijo. Ya lo he notado, respondí.

         Los concentrados dejaron de cantar el himno. Charlaron un momento y desaparecieron de la plaza, dejándola de pronto desolada, vacía, algo sombría. Me di cuenta de que no había policía. Al menos policía uniformada. Los tiempos han cambiado, pensé, en otro momento habría furgonas y agentes con sus escopetas al hombro, miradas nerviosas y silencios que se cortaban con cuchillo. Yo había corrido por las callejas adyacentes y me había protegido de las balas de goma en soportales y esquinas. Había pasado mucho tiempo de todo aquello, tanto que ahora sólo era olvido.

         Salí de la plaza y avancé hacia el puerto por una calle que había cambiado de nombre. Dos mujeres me cortaban el paso a un pasaje que debía seguir. Hablaban en vasco y no me costó nada entender lo que decían. Quince años me habrán hecho olvidar el idioma, había pensado antes de llegar, pero la memoria es más competente de lo que creemos. Perdón, les dije en castellano. A punto estuve de decírselo en el idioma, pero mejor era no llamar la atención, se suponía que era extranjero, es lo que indicaba el documento que había mostrado en la pensión, había que tener cuidado, el pueblo era pequeño y todos se conocían y debía ser puntilloso pasar inadvertido.

         Salí al otro lado del callejón y enseguida reconocí el portal. Pulsé el botón. Segundo primera. Tardaron un montón en responder, una voz de mujer rompió mi espera: Bai?

¿Está el Señor Tomás Arretche?

         La mujer guardó silencio apenas unos segundos.  

– Sí, está. ¿Quién le llama?

-¿Podría hablar con él?

– Suba.

         La mujer no había insistido. Debía de estar acostumbrada a visitas repentinas, personas que aparecían de pronto, que preguntaban por Tomás Arretche, que hablaban con él en su despacho de médico, que se iban tan sigilosamente como habían llegado. A la mujer, la hija sin duda -la esposa, supe, había muerto hacía unos años-, no le resultarían extrañas esas visitas.

         Abrió la puerta cuando llegué al rellano. Era una mujer cercana a los treinta años. La hija, en efecto, pensé, aunque apenas recordaba su cara, tenía quince años cuando la ví la última vez. Me miró con curiosidad.

– ¿Su padre está en casa?

– Sí.

         Me llevó hasta el despacho. Recordaba la casa a la perfección, nada había cambiado, sólo nosotros. La mujer abrió la puerta y me dejó pasar. Se retiró. Había comprendido que yo era una de esas visitas. Tomás Arretche se levantó para recibirme. Había envejecido, pero los rasgos eran los mismos, duros, serios, reflexivos, aunque la leve sonrisa que se dibujó suavizó bastante la severidad del rostro.

– ¿En qué le puedo ayudar?

– Veo que no me reconoce.

         Me miró entonces con más detenimiento. Le costó. Puso al fin cara de incredulidad. No puede ser, murmuró. Un gesto de sorpresa, tal vez de miedo o de espanto, se le dibujó unos segundos.

– Se supone que moriste …

– Ya ve que no.

         Le toqué el brazo para que se cerciorara de que estaba vivo, de que yo no era un fantasma. Comprendí su sorpresa. Le conté que aproveché las circunstancias para escapar de nuevo a Francia. Pasé escondido en un camión. Nadie lo sabía, tampoco los míos, y en Bayona supe por los diarios que me daban por muerto, no me encontraron en la barcaza que quedó atrancada en Pasajes, supusieron que había caído al mar, hacía frío, era de noche, lo lógico era morir. En Bayona nadie me había visto. Me fui tras recoger en mi piso algunas cosas, dinero, uno de los documentos falsos, algo de ropa, poca, para que nadie se diera cuenta de que había pasado por allí. Me fui a Holanda y desde allí, tras trabajar algunas semanas para ahorrar dinero, me marché a México. Me dio más miedo el viaje que todos aquellos años en la clandestinidad.

– ¿Has vuelto para algo en concreto?

– No lo sé todavía. De momento, sólo le quería ver a Vd., creo.

– Aquí las cosas han cambiado mucho.

– Lo sé.

         Pensé por un momento que fue un error haber vuelto. Lo cierto es que no sabía el motivo por el que de pronto compré un billete y me planté en el País Vasco. Me había esforzado en olvidar, en ser otra persona, pero no lo había logrado. No es que padeciera nostalgia o que sufriera el arrepentimiento de otros, pero de pronto eché de menos al Doctor Arretche, las horas que pasamos hablando, los consejos que me dio entonces. Nunca me juzgó. Yo era más duro conmigo mismo.

– ¿Qué sabe de la familia Landaburu?

– Están bien -me miró como si intentara aprehender mi interior-, todo quedó superado.

– ¿Han hablado de ello con Vd.?

– No de un modo profundo, sólo con Mari, saben por lo demás lo que yo pensaba entonces, en qué lado estaba, aunque me dolió aquella muerte, me tocó bastante. Además, saben que te conocía.

– ¿Hablaron de mí?

– No.

         Se calló de golpe, como si hubiera dejado en el tintero una afirmación. Quise preguntarle si me odiaban o si me habían perdonado. Pero no sabía si iba a ser capaz de preguntarlo. Tal vez por eso mismo había regresado. Necesitaba algunas certezas, cerrar algunos capítulos. Había intentado cambiar el pasado, crearme otra biografía, ser otro hombre.

         No hablamos de ello, sólo de un modo general, el silencio es lo que caracteriza a nuestro país, un inmenso silencio, imponente, sempiterno. Se lo comenté. Dónde vives, me preguntó para escapar del tema. En México, respondí, estoy bien allá. Respeté su deseo de no entrar en el tema. Nos despedimos una hora después. Al salir, pensé en ir a aquella taberna. Me acerqué de hecho. Pero di la vuelta cuando estaba a pocos metros. Era yo quien no me había perdonado. La imagen de Mikel Landaburu muerto en el suelo se me presentó más firme que nunca. Ocurrió todo muy rápido, mi entrada en el bar, dos personas junto a mí, los tres cumplíamos con la misión histórica, fue todo visto y no visto, salimos corriendo, la fuga hasta el puerto, apenas unos segundos, había sido mi primera acción dura, mi prueba de fuego.

         Caminé hasta la pensión. La chica me abrió la puerta. Me sonrió al entrar yo. Le gusta el pueblo, me preguntó atenta en la recepción. Es muy hermoso, le contesté. Ella sonrió dichosa.

Juan A. Herrero Díez

 

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Por Olaya Mac-Chure

POEMA

Esculpamos las ideas con las plumas
que se incrusten para siempre en la memoria
y limemos las asperezas en las lenguas que descifran nuestros vocablos
entonces,las ideas transportan el ir y venir
de todo lo que queremos pronunciar
descubriendo a través del movimiento de las hojas
el suave murmullo con que nos quiere hablar la tierra
como música de aves aleteando al fondo de un cielo fresco
movido por el viento que surca intrépido en el aire que levanta el vuelo
por la vertiginosidad del tiempo y del espacio magistral.

 

 

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Por Cristian Claudio Casadey Jarai

LEYENDAS

 

 

La leyenda del Puente de Piedra (II)

        Hace muchos años, en la Isla Uvita, frente a las costas de Puerto Limón, vivía una extraña tribu. El hijo del Jefe de aquellos indígenas tenía una grave y extraña parálisis que no le permitía ni siquiera pestañear. La gente, preocupada por la salud del niño, después de probar todo tipo de curas sin resultado, recurrió desesperadamente a varios brujos. Ya preocupados, llamaron al chamán más viejo de Talamanca, quien aconsejó al Cacique llevar a la criatura hacia una vertiente situada en una distante región en el continente, para que pudiera curarse con éxito de tal enfermedad. Era sabido que algunos forasteros relataban que esas aguas eran realmente milagrosas.

        De esta manera se organizó una escuadrilla con los más valientes y fuertes guerreros. Así,  partieron en caravana en busca de tan preciado líquido.

        Después de muchos meses de ardua travesía por selvas, ríos y montañas llegaron hasta un cálido valle, en donde una quebrada les impedía el paso.

        Los hombres, para que su cacique y su frágil hijo pudieran cruzar el río, decidieron abrazarse entre ellos de manera que crearon un puente humano. El jefe cargó al niño entre sus brazos y caminó sobre sus fieles protectores. De repente el cielo bramó con furia y grandes destellos iluminaron el río. Cuando el Cacique se dio vuelta observó que los guerreros se habían convertido en piedra, en un puente de piedra. El demonio quiso jugarles una mala pasada a los indígenas, pero los dioses, apiadados al ver semejante injusticia, enviaron a un ave de plumas multicolores, quien aconsejó al jefe que hiciera beber a su hijo del agua de aquel río. El niño bebió lentamente, y toda su enfermedad fue sanada. Sin embargo, debido a la lejanía, nunca pudieron regresar a sus tierras, por lo que ambos vivieron bajo ese puente durante el resto de sus vidas, agradeciendo a sus guerreros el noble sacrificio que habían hecho.

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La leyenda de las gemelas de Barrio Latino

 

        Hace muchos años atrás, había una familia que tenía dos niñas gemelas que vivía cerca de la ruta que conecta Grecia con el pueblo de Sarchí. Ambas eran idénticas como gotas de agua, de largas cabelleras rubias y ojitos verdes saltones. Las chiquillas eran muy juguetonas y un poco traviesas, lo que hizo que una tarde muy calurosa salieran a la calle a divertirse con otros niños del barrio. Quiso el cruel destino que en medio de aquellas risas y corridas las gemelas fueran embestidas por un enorme camión, el cual les arrebató de un golpe certero sus frágiles vidas.

        Tanto la madre como el padre habían quedado destrozados luego de tan macabro accidente. La señora se culpaba día a día por el descuido. Pasaron los años, y dio la casualidad que nuevamente quedó encinta. Ella y su marido estaban muy felices por el embarazo, y fue grande su sorpresa cuando nuevamente nacieron otras gemelas, muy similares a sus hermanas fallecidas. Las niñas crecieron alegremente, sin embargo tenían las mismas costumbres que las anteriores. Otra tarde calurosa, salieron a jugar cerca de la ruta. La madre, preocupada, recordaba la tragedia anterior, por lo que salió velozmente de su casa para alertar a sus hijas. No las veía por ninguna parte, por lo que empezó a llamarlas a los gritos.

–      Mamá, no te preocupes – contestaron las niñas.

–      No vamos a cruzar la ruta, no queremos que nos pase lo mismo dos veces…

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SELECCIÓN DE POEMAS

POR FRANCISCO JESÚS MUÑOZ SOLER

 

JUNGLA  TROPICAL  LLUVIOSA

Pura vida

Nos adentramos por el camino de las Ranas,

después de dejar atrás el puente

donde dos chiquillos saltaban gozosos el Sarapiquí

y hermosísimos sotacaballos y bromélias,

desde ahí, desde ese ancestral punto,

dispusimos nuestros pasos en la jungla

bajo una intensa lluvia que sacudía

nuestros hombros ansiosos de recibir

savia de telúricos impulsos de semillas

para nuestros espíritus, vacilantes bajo la espesura

caminamos con nuestras zapatillas ligeras,

llegamos a un breve claro, encrucijada

de destinos quien sabe si de almas

y entre la senda de las intensas arlequines

y una empinada intrincada a la izquierda

optamos por la intrépida que nos giraba

aún no brotaban corrientes de lágrimas

formando surcos entre raíces y lianas,

el agua, el agua, resbalaba sobre las caras,

ya nuestros cuerpos empapados de gracia

brincaban entre vainas depositadas en los márgenes

del abrupto sendero, donde enamoradores labios

de un magnífico rojo seductor nos llamaba

y entre graciosos comentarios divisamos

un bello claro donde nos inmortalizamos

con entrañables fotos, bañados de brumosa luz

y sostenidos sonidos de majestuosos cantos

que siguen envolviendo con su circular manto

la esencia de ese lluvioso espacio de armonía,

con gozadoras miradas iniciamos el regreso

más ágiles, con un áurea más liviana

pero atrapados por invisibles ficus estranguladores

que siempre nos reclamaran encantados

cuando nuestras emociones estén embargadas

por retorcidas impresiones, entonces siempre nos quedara

la atmósfera de la selva, allí donde nuestras áureas

retozaron bajo intensa lluvia con pies diestros.

***

MIS  OJOS

 

Te envío mis ojos a través de las ondas

de los queridos corazones que nos dejaron

y velan por nosotros en el permanente intangible,

en mis ojos tienes toda la dulzura y serenidad

que mis córneas y mi alma sostienen.

***

CAMILLE   CLAUDEL

Desde la incógnita y desamparada tumba

Donde se pierde el tiempo y el espacio

De la consciencia vertebradora de memoria

Desde la innominada fría reclusión

Donde los huesos forjaron cenizas

Y germinará alimento cárdenos labios

Desde cielos de arrojes invisibles

De imaginados días sin escenarios

De moldeadas tallas sin cincelado

Desde la lejana cercanía de la sangre

Páramos de colmillos inclementes

Desgarrada Gaia de eclipse lunar

Desde los vitrales de su lumínica gloria

Cenit de emociones de hermosas formas

Plácet de sensuales curvaturas en el arte

Desde los vértices de un tiempo excluyente

De la consustancial libertad inmanente

Del carácter apresador de movimiento

Desde el plenilunio del agudo detalle

Atalaya trasmisora del proporcionado énfasis

Que ilumina la cara oculta de los seres

Desde la certeza del sendero de búsqueda

Fragante melodía de un tiempo futuro

Alejado de las huellas de sus valientes pasos

Desde la paterna y desbordada alegría

La decidida complicidad de sueños e ideales

A partir de la pila de agua bendita: Camille

A Orlando Ferrand

***

ENFRENTADO AL VACÍO DEL INEXPRESIVO PAPEL

Enfrentado al vacío del inexpresivo papel

como ante la vida misma,

palpando la textura blanquecina

como quién ausculta las nubes,

ante el infinito inmaculado

desnudo, descarnado de lumbres

generadoras de bellezas originales

ricas en verbos y sustantivos,

finas eclosiones de ideas y emociones

corpus de espacios fructíferos

que nos diferencia de seres simples

firmes de hermosuras intangibles

repletas de intrínsecas sensaciones

alma esencial del acto creativo.

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PERFUMES LEJANOS”

CUENTO

AUTOR: ANA MARÍA MANCEDA

 

MENCIÓN DE HONOR POR CERTÁMEN INTERNACIONAL “ JUNÍN PAÍS” BUENOS AIRES

ARGENTINA Y SELECCIONADO PARA ANTOLOGÍA 2007.

 

 

 

 

 

      ….Tú tienes la forma de una fuente  no de agua sino de tiempo                                                                     

            En lo alto del chorro de la fuente  saltan mis pedazos

                  el fui, el soy, el no soy todavía, mi vida no pesa.

    El pasado se adelgaza. El futuro es un poco de agua en tus ojos.       

                                                “ Trowbridge Street” Octavio Paz.

                     No sentí que fracasé, pero debía hurgar, buscar en mi mente el origen de esa explosión que no me permitió seguir con la lectura del poema. El público aplaudió cálido, como apoyando esa emoción… Y sí, siempre me perseguirá la nostalgia, sello justificado, es la vida que me tocó. Más de una vez, mientras cae la nieve y sopla el viento desde el Pacífico, me he preguntado ¿Qué hago acá, en la Patagonia?

                Le contaba que salimos temprano de la escuela por el eclipse de sol, todos nos asustamos, hasta los pájaros, porque el día se hizo de noche. La abuela Rosario, con su mirada de tierra oscura de musgos, velada por el desarraigo, me miraba, mientras revolvía en la olla de hierro, traída desde su tierra subtropical, los chicharrones de la pella de grasa vacuna. Su amor brotaba en la gran cocina de la casa platense, desde sus manos mágicas, mientras esculpía esas comidas de sabor profundo, misterioso del noroeste. Habían comenzado los preparativos para la fiesta de mi “Primera Comunión” y no faltaría nadie, las empanadas de la abuela eran famosas desde el Bosque hasta la entrada de La Plata. Era la época en la que en una cuadra habitaban italianos, españoles, brasileños, norteños como nosotros y aún una familia japonesa. Era una época en las que los aromas de comidas exóticas y criollas se mezclaban con el olor  a pasto recién cortado, el perfume de los jazmines del cabo y el olor al  Río De La Plata que traía el viento del este. Era una época en la cual los viejos vivían con sus familias y las bibliotecas de los clubes de barrio eran santuarios para los pibes y leer era un escudo de nobleza. En las fiestas patrias se escuchaban zambas, pasodobles y a todo los inmigrantes nos unía el mate y el asado. Pero las empanadas de la abuela son inolvidables. Los preparativos hasta el momento de hincarles el diente duraban tres días.

               Al día siguiente se colaban los chicharrones para separarlos de la grasa caliente, cuyo futuro serían las tortillas de grasa – Comé hijita, comé, estás muy delgada- se persignaba- cuando venís se te ven solo los ojos. Y así una se volvía gordita y saludable. Luego preparaba la masa, una vez lista se formaban los “pupos”, tarea en la que yo ayudaba- Así Nóe , deben quedar bien redonditas. Me encantaba  darle esa forma redonda a la suave pasta y luego hundirle un dedo en el medio. Estirados con el palo serían las tapas para el relleno. Mientras tanto en una gran olla, mi madre hervía en la cocina la gallina elegida por la abuela del superpoblado gallinero. Una vez cocida se picaba la gallina y carne vacuna cruda, a mano y con un cuchillo afilado para el caso. El caldo que quedaba  era tomado como una ceremonia, debíamos estar bien alimentados, según la abuela  los pueblos antiguos lo valoraban por las ricas sustancias que hacían más fuertes a su gente, yo no entendía mucho, pero me gustaba, la prefería al horrible hígado de bacalao que me daban cuando empezaban las clases.

               En esos días yo había suspendido mis correrías habituales, tenía una sensación de santidad, mis amigos me extrañaban pero estaba convencida que debía estar en un estado de pureza inmaculada, pronto recibiría a Dios y debía confesarme de manera  asidua, no podía jugar a la mancha venenosa ni al médico, aunque en los atardeceres sentía el griterío de los chicos en la plaza de enfrente de la casa, ahí me corría un cosquilleo por el cuerpo y sentía el impulso de salir corriendo a jugar. Por la noche espiaba por la ventana de la pieza de mi madre las actividades de los nuevos inmigrantes, sufridas familias de la posguerra, que llegaron en esos días. Vivían por el momento en carpas, en un sitio del amplio espacio  de la plaza, que les había provisto el gobierno hasta que se hicieran sus casas en terrenos adjudicados. Se veían luces de faroles en la oscuridad de la noche y miles de luciérnagas acompañando los juegos de los chicos, sus voces resaltaban con tonos europeos y las ranas y los grillos parecían burlarse haciendo coro desde las acequias, entonces yo buscaba en el cielo las constelaciones que marcaban el Hemisferio Sur y mi lugar en el mundo; Las Tres Marías; La Cruz Del sur, pensando que extraños se sentirían los vecinos, esas no eran sus estrellas. Los días pasaron volando, entre mis viajes hacia la Iglesia donde tomaría la comunión, el estudio del catecismo, las últimas jornadas de clases y las pruebas del vestido que luciría. Mi tía, famosa modista, era la encargada de su confección. No sé porque capricho, ni de donde sacó la idea, pero se le ocurrió que quería innovar, mi vestido no sería largo, sí blanco, bordado, pero la falda a media pierna. El modelo imitaba a los clásicos vestidos de las ¡Holandesas! Hasta me hizo el casco con alitas para arriba que lucían esas extrañas mujeres y bueno, en las fotos aparezco con mi cara de santa, mi piel trigueña, mis grandes ojos negros asombrados y en las manos, juntas como rezando, el libro blanco de nácar y el rosario. ¡Flash…flash..! La noche anterior no pude dormir, por suerte toda la familia descansaba, excepto la abuela, pensativa quedó en la cocina fumando su cigarro de chala de caña de azúcar, ella misma lo armaba, el tabaco y la chala se lo mandaban sus parientes del norte. Me acerqué a ella y la abracé, era feliz al sentir su olor a naranjos y a caramelos de menta.

               Y llegó el día. Desde muy temprano toda la familia entró en acción, mis hermanos menores me miraban como si fuera una princesa, en cierta manera todo giraba en función de homenajearme, pero desde la distancia del tiempo y el espacio estoy convencida que la fiesta era para ellos. Todo debía estar listo para cuando regresemos y lleguen los invitados. Con la abuela Rosario se quedaba  una prima que le ayudaría a armar las empanadas. El aroma inundaba toda la cocina, aún hoy los vientos del recuerdo me lo acercan, es un aroma donde se refugian todos los sabores: el dorado de las cebollas verdeo, ají morrones, las carnes de la gallina y vacuna picadas, mezclados con el aditamento de las especies; pizca de pimienta, ají molido, pimentón y el toque esencial del comino. Las blancas papas cortadas en dados, previamente cocidas, resaltaban el colorido de la olla. En platos hondos , los huevos duros picados, las pasas de uvas remojadas en agua y las aceitunas , esperaban como toque final, coronando el relleno antes de hacer el repulgue de las empanadas.               

               Y aparecí, vestida de holandesa, reluciente, la casa brillaba, estaba feliz. Era un día maravilloso, una tregua. Los conflictos provenían de cierta anarquía con que mi padre llevaba la economía del hogar y los celos de mi madre. Él  fue contratado por un club de fútbol de La Plata, era arquero, de ahí la migración de mis padres y luego la de la abuela y tía desde Tucumán. En pocos años su carrera fue exitosa pero la frecuencia a fiestas en su homenaje y nuevas amistades,  algunas poco confiables, provocaban los celos de mi madre y las terribles discusiones. Al ser la mayor de mis hermanos, pronto cumpliría los diez años, yo estaba siempre alerta ante estas situaciones, cuando las cosas se ponían difíciles me refugiaba en los juegos con los chicos del barrio, en mis libros o en esos días con los preparativos de la “Primera Comunión”

                Tomamos el micro que nos llevaba a todos, ocupamos gran parte del mismo. Iba quieta, rígida, no quería que se arrugue el vestido, ya había planificado guardarlo en una caja especial. Durante el viaje, mirando por la ventanilla, creí ver en las nubes las siluetas de la Virgen, Dios y los Santos. Mi abuela me había enseñado a buscar imágenes en ellas así como en la luna. En las “Noche de Reyes”, sentadas en la vereda, agobiadas por el calor, ella en el sillón hamaca dándose aire con su abanico tornasolado, yo sentada en el brazo del sillón,  me mostraba como se veía que la Virgen traía al niño Jesús sentado en un burro y José al lado, los Reyes Magos los acompañaban en una estrella trayendo los regalos. Nunca perdí la curiosidad de buscar misterios en el cosmos.

                 Al entrar por la nave principal de la antigua Iglesia, sentí una emoción que me desbordaba, la luminosidad que entraba por los vitrales y el canto de los coros acompaño el momento mágico en el que recibí la comunión. Todo quedaría en un cofre dorado, los pasos de mi vida fueron muy disímiles a ese momento.

               De regreso entré corriendo a la casa, ya estaba llena de gente, amigos de mis padres y vecinos. Al costado de la cintura del vestido colgaba una  pequeña bolsa con puntillas, ahí todos depositaban algunas monedas o billetes, eran los regalos. Fui hacia el fondo  cerca de la huerta, sobre el piso de tierra, estaban haciendo un asado. El patio era inmenso y con los chicos hacíamos un barullo que competía con el ruido de la música de la radio y la charla de los adultos. Al aviso – ¡Ya están las empanadas! Todo fue una estampida. Sobre la mesa de la cocina, en una inmensa  fuente enlozada, brillaban, doradas por la fritura en la olla de hierro, las famosas empanadas tucumanas. Tomé una, de manera atropellada le hinqué los dientes, sentí el calor en el pecho. Un chorro de jugo grasoso, colorado, se derramó sobre las puntillas y bordados  del blanco vestido de holandesa. Casi me pongo a llorar, pero no, era mi fiesta, me fui a cambiar, no iba a arruinar un día tan especial. Entré en mi habitación, cuando me estaba cambiando sentí  risitas y murmullos, me acerqué a la puerta, seguí por el corto pasillo que daba al living, todo estaba oscuro para evitar la entrada de la luz y  de las moscas, los días eran calurosos. Espié tras las cortinas de brocado, en un rincón de la sala, entre penumbras, divisé la silueta de mi padre jugando con los cabellos de una mujer, ella se agachaba y movía como tratando de esquivarlo pero se quedaba. No quise ver más, huí en busca de mis amigos, pero en ese día ya nada tenía sentido.

                    Ahora, sabiendo de mi llanto, no me importa que el pasado se adelgace, ni que mis pedazos salten en lo alto del chorro de la fuente, ni este viento que sopla del Pacífico y trae la nieve, todo ocurre bajo las mismas estrellas. Sí querría volver a mirarme en tus ojos de tierra oscura de musgos, mientras te cuento abuela, sobre el eclipse de sol y el miedo que tengo y cómo los pájaros también se asustan, mientras revuelves los chicharrones en tu olla norteña.

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TEXTOS DE MAXIMILIANO SPREAF

Ira

 

Renegar de las sombras siempre me convirtió en un cobarde.

Arrojas tus palabras como en un duelo feroz, furiosas.

Mal que nos pese, llegamos a esto por nuestra ira,

Esa que no podemos resolver ni aplacar en nuestra cama.

***

LIS

 

Lírica azul desnuda ante tu ausencia

Una sola vez podría esperar tanto,

Cada cosa en su sitio, aguardando,

Inertes, tu llegada, tu presencia.

Ausencia que dibuja la tortura,

Noche gris perlada, incandescente,

Arrobada de tu luz indiferente,

Imagino mi dolor y mi locura.

Río, lloro, me espanto de mi mismo,

Entre lágrimas te miro obnubilado,

Nostálgico, furioso, arrebatado,

En tus brazos caigo, ensombrecido

Solo quiero quedarme así dormido,

Ante tanta soledad que se avecina.

Sin querer mis manos ya lo afirman

Tiemblan al saber de esa agonía,

Rozan el sudor que hay en tu frente,

Enmiendan indulgentes tu osadía.

***

Don

 

Abre cielos y abre tierras,

Quema las huestes cristianas

Azuza con latigazos,

A la moral de las damas.

Que pierdan sus amuletos!

Sus cruces y sus estampas

Que se revuelquen en tierras

De misiones y de escarchas.

Prueben el maíz punzante

En sus rodillas desnudas

Y los castigos más crueles

Y las palabras más rudas.

Orgías con bataclanas

Tendremos ahora, …cientos!

Nos beberemos sus almas.

Y morderemos su aliento.

***

Ya no

 

Coróname de espinas, puta, lastímame, corrómpeme.

No tengo paz sin tu odio, sin tu áspera piel.

Corta mis brazos y chupa mi sangre gélida y mortal

Embriágate de mis venas y mis tendones.

Grita de bronca al ver que disfruto mirarte flagelarme

Ahógate en el asco que te da mi satisfacción.

Ya no te odio.

***

Agujas

 

Calientes putas de finos brillos

Marcan la tierra con parsimonia

Llenan los cubos de la memoria

De historias negras rojas y verdes.

Suenan a gritos de mariposas

A llanto de león flagelado

Queman las naves de sus pasados

No necesitan limosnas.

Clavos de hierro, llueven a mares

Sus cráneos vuelan de sus cogotes

Gimen sus lenguas distorsionadas

Lloran las madres y las pavotas.

Te vas quedando sin su alegría

Te vas sufriendo sus decepciones

Clavas la aguja que merecías…

(La merecías, perfecto idiota?) 

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BOCETOS Y ACUARELAS

POR CECILIO OLIVERO MUÑOZ

 

HOMBRE COMIENDO UN CROISSANT

 

Me estoy comiendo un croissant

en la barra de un bar y me observas,

me miras insistentemente y yo me incomodo,

me miro en tus ojos y me siento ridículo,

masticando y humedeciendo el croissant

me siento totalmente desnudo,

evaporizado por tus lindes observatorios,

me siento débil como chocolate derritiéndose.

Cierro mis ojos y te veo mirándome,

cierro mis ojos para no verte,

cierro mis ojos y me escuecen mis párpados,

mis párpados calientes me escuecen,

fragmento de libertad en la ceguera,

cómoda estupidez de ojos tapados,

ambigüedad de los sentidos que palpo,

me estoy comiendo un croissant

y me siento tan estúpido desde tus ojos

que el acto de comer parece inusitado.

Como costumbre que no aprende a vivir. 

***

UNA MUJER ADULTA

ESPERA SOLAMENTE UN BESO

 

Mamá, ese beso eterno que esperas siempre

sentada en el portal, ingenua, frágil, anhelante,

insomne, acorazada, abierta, voluntariosa y paciente,

viene a ti como un latido que busca corazón,

se hace también de rogar por que las madres ausentes

se endulzan en la promesa, y son pasto del vacío.

Te asemejo a Marilyn Monroe, niña dulce,

Niña con costras en las rodillas, bucle al aire,

¿Qué más da, Marilyn o María del Carmen?

¿Qué más da, si una madre siempre es una madre?

¿Dónde está tu Gladis? ¿Dónde está su adiós?

Niña que espera y espera a que venga ella,

cualquier tarde si dios quiere, que venga, por favor,

¿Y dios por qué no iba a querer? ¿Por qué no?

Si el reloj busca los parentescos en la noche,

el témpano busca el calor en unas décimas de más,

 el termómetro, inerte objeto frío, cristal amoldado,

custodia de mercurio, heraldo de mil calenturas,

busca entre tus ingles el confort del hogar encendido,

ha encontrado fiebre en el corcho de tu almohada,

susurros te hacen cosquillas y te ríes, ríes inusitada,

ríes inusitada por que estás triste, siempre triste,

niña dulce de piel blanca, niña triste y sonriente,

niña de mis ojos tristes, de mis ojos, tus ojos,

ellos vuelan y buscan un abrazo inesperado.

Buscan el regazo, buscan la nana, buscan calor,

Niña dulce, blanca y friolera, niña, balada nostálgica,

poema de escarcha, Niña, madre y esposa fiel,

que todo lo das y nada pides, niña de mis ojos,

reparte tus juguetes perdidos, halla tu otra mitad,

lucero de ángel sostenido, baba de dulce neonato.

Niña, mujer hecha dureza, mujer esquiva y tierna,

te escribo esta lágrima, te doy mi última culpa,

Madre para siempre, te quiero y te beso, te amo,

No te sientas vacía nunca jamás, Madre, mi culpa.

Te espero en el edén fracturado, niña dulce,

ven ahora.

Ven a este reino imperfecto e improvisado.   

***

UN POETA JOVEN ABRAZA

EL TESTIGO DE UN POETA VIEJO

 

¡Ey! Poeta, toda tu vida junto al proyecto de poesía,

poeta con la muerte en los sobacos, con la voz

entre tus sienes, con la paz de un niño escuálido,

Ahora que el ayer ya casi ha cicatrizado,

no se han cumplido aquellas promesas de coágulo

que más se dieron entre culpas y adoquines,

y el dolor ya respira solo sin el olvido

 como paredes que limitan a la noche infinita.

Fuiste melancolía y fuiste alegría,

todo como dinero robado malgastaste.

Acepto y abrazo con mi mano tu testigo,

suplirá mi voz lo vivido en la conciencia

y haremos poesía del cuento rutilante,

para contradecir al tiempo y su silencio.

 El tiempo que cansado sorbe sopa en el reencuentro

 ya pellizca en la conciencia sí ha devenir.

Que se encienda en la mirada

lo no sabido, que se ondulen en el aire

los trayectos de flaca rutina y camino recto,

que palpiten locas las auroras

como besos que se dan en los rellanos, que se abracen

las deshoras entre prisas,

que crucen la calle chillando de ciegas su alegría,

que se apilen a un rincón

los tristes cloroformos

con que tocan con el pincho un triste hueso,

Zero contra zero es razón de guerra del guerrero,

y la nada contra la nada

es el hecho de un mundo imperfecto

que diminuto y patético rueda en la desesperanza.

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