19º Número de la revista literaria Nevando en la Guinea

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19º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

DIGITAL MENSUAL

NEVANDO EN LA GUINEA

NºLXIII de la 2ª etapa/02-01-2012

 

EDITORIAL LXIII

Cesárea Évora

 

 

La música ha sido y es una de las manifestaciones artísticas que más ha caracterizado a África a nivel mundial. Resulta un tópico que olvida otras manifestaciones, como la escultura, también de enorme tradición y que en gran medida influyó en Picasso y en otros artistas del siglo XX, pero lo cierto es que la música ejerce un gran peso en ese continente y el nombre de numerosos músicos recorre el mundo: Alí Farka Touré, Abdoullah Ibrahim, Ayub Ogada, Habib Koité, Toumani Diabaté, Paulo Flores o Jovino dos Santos son una representación sin duda limitada de los muchos artistas que sobresalen de sus fronteras nacionales para imponerse en el escenario musical mundial. Ha dado también instrumentos musicales de una enorme belleza musical, como la Kora.

 

Este último mes de 2011 murió una de las grandes artistas de África, la caboverdiana Cesárea Évora. Originaria de Cabo Verde, logró llevar a la música una de las características de su país, un profundo mestizaje. Basada en la morna, un estilo musical propio de su país, mezcló otros sones africanos y de otros continentes a sus cantos, siempre con melancolía y ´sodadeª, título de una de sus canciones más conocidas, que caracterizaron su estilo. Como se dijo tras conocerse su muerte, Cabo Verde tuvo en ella a una gran embajadora, ya que este país es conocido sobre todo gracias a su fama, a su enorme personalidad y a la calidez de su música.

 

No olvidemos que Cabo Verde es un lugar especial ya que representa una de las bases de la enorme tragedia africana, la esclavitud, al igual que la isla senegalesa de Goré, pero también su cultura y sus gentes actuales son fruto de una mezcla que, aun siendo fruto de una profunda tragedia humana, posee un futuro sin igual. La morna, por ejemplo, tiene mucho del fado portugués, pero sobre todo es la expresión de un lirismo africano procedente de numerosos lugares de la costa occidental del continente. No en vano Cesárea Évora se reunió con otros músicos africanos para actuar juntos, para cantar con ellos y crear una música rabiosamente mestiza.

 

Porque creemos en la mezcla y renegamos de lo puro, por ello consideramos que la música de África, al igual que su arte, poseen un futuro enorme. Esperamos en este nuevo año que ahora comienza podamos seguir atentos a los músicos africanos, a su música y a su arte. Porque nos negamos a basar el potencial de un pueblo, de un país o de un económico en datos meramente productivos en clave capitalista, consideramos que la cultura de un pueblo, de un país o de un continente ha de ser el mejor elemento para determinar su desarrollo.

 

Por esto y porque consideramos a Cesárea Évora como una de las grandes cantoras, la rendimos homenaje e invitamos a escucharla, a intentar entender sus letras y emocionarse con ellas.

 

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COPLA DOLIENTE A MI CUBA

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

Cuba, yo te tengo que ver

Antes de que se muera Fidel,

Me interesa tu moco de pavo,

en Tu presente y en Tu menoscabo,

Cuba, yo te tengo que ver

Aunque falte vez alguna Fidel,

Admiro leyendas en azar de cayajabo,

Veo tus vídeos frío en el lavabo,

Cuba, tu sencilla forma de ser,

Tu digna dignidad, tu menester y tu fe,

Tu pasado sin raíz, tu leve desnudez,

Tu ahora ebrio de joven vejez,

Cuba, yo te tengo que ver

Antes de que sobre o falte Fidel,

Quizá te ignore a ti toda Cuba

Cuando a volar yo me suba

a tu esperanza por doquier,

Temeré romper tu cielo yoruba

Con la gris historia por conocer,

Cuba, aliento rebelde del Ché,

Jazmín centenario eres Cuba,

Cuba, isla tan aislada para quién

Rumbo que al Granma rompió

Entre la sepia luz del quinqué,

Cuba, sueño de un ayer que llovió

en el milagro azul tal vez,

sueño con tu petaca de ron,

con tu nombre bonito de mujer,

Pierdes la esquina sin sorpresa,

Tomas la primavera verde que ves,

Temes blanca sal y limón de cera,

Amas la madre y al hijo que esperan,

Perteneces a la ola que ha de volver,

Te pierdes de siglo entre mares ciegas

En tu malecón firme y resignado,

Un libre bostezo has brotado

Con la hierbabuena oculta de miel,

Cuba, mi pedernal es tu sombra,

Cuba, tu palmeral y yo a sus pies

encontraríamos la lógica

de la yuca, el tabaco y le rien,

Cuba, tú eres sendero

Que por esta mañana “cogél”,

Sevilla que llora terca sin negros

Al “Mandingal” de la piel,

Paloma de precarios excesos,

Chiquillos uniformados a tropel

Persiguen postilla de atraviesos

Y algo que se encontró aquél.

Cuba, mira, yo te tengo que ver,

Con flash y equilibrio de acero,

Tras el agujero de tu enclenque pared,

En tu sombra se hace inútil mi sombrero,

Sobre la guaracha y ante tu poeta fiel.

Cuba, plegaria tan útil del beso,

Mientras tu tormenta siempre en regreso

le obsequia libre a tu libre ser,

Allá en el puerto del lánguido embeleso

Y allá en Tu canción también.

Allá, en los sueños con su posible anexo

Y allí en el quizá me sepa bien.

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SOPOR

 

 

No hay palabras, dijo la mujer. La miré. Me sentía aún somnoliento. La semipenumbra de la cocina, la vana luz que entraba por la ventana, el frío de otoño a esa hora húmedo por la lluvia, pero sobre todo la tristeza que se me había albergado desde la mañana en mi espíritu, todo ello me producía no poco sopor. Qué hago aquí, me pregunté entonces, todo me resultaba lejano, me sentía ajeno al valle. La mujer, cuyo nombre no recordaba y que llevaba en el caserío toda la vida, al menos toda la vida que yo llevaba en aquellas apartadas tierras, me seguía hablando de ya no sé muy bien qué herencias, qué problemas de heredades y de límites de tierras que el señor debía de solucionar. Mezclaba además palabras vascas, bearnesas y gasconas, y en ocasiones ni siquiera adivinaba de qué me hablaba. Levanté la mirada al techo de un blanco amarillento y me di cuenta de que aquella gente, la del valle, la que vivía más allá del río, en caseríos dispersos, lóbregos, solitarios, era realmente pobre. No obstante, la riqueza de la tierra, pese a todo, les brindaba comida suficiente. El dinero, empero, escaseaba. Apenas pasaba nadie por los caminos del valle, que quedaba casi aislado durante los meses de invierno, cuando la nieve cortaba los accesos, y los habitantes se habían acostumbrado a carecer casi de todo, a vivir sólo de lo que se producía entre aquellas montañas.

Se lo diré al señor, dije sin mucha convicción cuando me di cuenta de que la mujer había callado a la espera sin duda de un comentario por mi parte. Aquel tema de heredades y de límites de tierras en una región apartada sin duda no preocuparía mucho al señor, que a esa hora, pensé, debía de estar en París a punto de acudir a una de aquellas reuniones de salón a las que era tan aficionado y en las que se hablaba de todo y de nada, de fruslerías, veleidades y patrañas varias, todo ello bajo una ornamenta de resabio literario. El señor, que se sentía muy afortunado, un literato casi, aunque apenas leía y mucho menos escribía, gustaba de recorrer aquellos salones y acudir al teatro acompañado por damas de extraña belleza y dudosa reputación. Había conocido a un puñado de poetas a los que invitaba a su casa de Montreuil y a los que escuchaba un tanto burlón, aunque más se burlaban ellos, los poetas, que veían en él una fuente de manutención ornamentada por una vaga cultura literaria. Todo lo demás parecía no interesarle demasiado, apenas se preocupaba de sus propiedades, de su feudo. Casi no respondía a mis cartas, que eran sobre todo solicitudes, haz como gustes, me decía en algunas, las pocas que me respondía, y yo entonces me derrumbaba en la más absoluta desolación, no me decidía nunca, dudaba siempre, no sabía pronunciarme por nada, y al final, de un modo aleatorio, establecía un criterio que no sabría defender si se me pedían explicaciones.

Puede vuestra merced darme alguna solución, me preguntó directamente la mujer, no sin cierta ansiedad en su voz y un ligero enrojecimiento en los ojos, que parecían prever un pronto llanto. No, le dije. Dudé antes de continuar, es el señor quien ha de darle respuesta. Se impuso un silencio tenso. Las tierras son suyas al fin y al cabo, continué a modo de justificación, él las heredó. Por suerte para mí, la mujer no lloró, nada me hubiese turbado más.

Se abrió entonces la puerta y entró en la cocina una muchacha de profunda y sencilla belleza. Perdonen, murmuró. Es mi hija, comentó la mujer e hice pasar a la muchacha que se había quedado en el quicio de la puerta. Cómo te llamas, pregunté. Suzette, contestó la madre, un tanto retraída. No sabía que tuvieras una hija, comenté a la mujer. Ella se quedó callada, sonrió a la muchacha y miró al suelo, es una larga historia, me dijo y dejó tintinear un silencio breve e inquieto, que no viene al caso, murmuró al fin. La muchacha se sentó junto a su madre y se cogieron de la mano. Volvamos al asunto, comenté no sin repentina dulzura, como si la presencia de la muchacha me empujara a la condescendencia, incluso al afecto. Le escribiré al señor, te lo prometo, añadí. La mujer guardó silencio, lo que me pareció un reproche. No puedo hacer más, afirmé con pretendida seguridad. Sabía que no habría respuesta, al menos de momento, y que yo tendría que continuar acudiendo al caserío para hablar con la mujer.

Te debes aburrir en este lugar, me dirigí a la muchacha. Según recordaba, en esa zona del valle apenas había infantes y los que había apenas cumplían los tres años. La muchacha debía de tener unos doce. Sonrió y con un gesto de cabeza me dijo que no. La mujer la abrazó con cariño. Hasta ese momento había parecido triste, infeliz, angustiada. Ese gesto la llenó de dulzura.

Me levanté entonces y ellas, a la par, también se levantaron. Te diré algo, le dije. Acaricié el rostro de la muchacha, frío y suave. Salí de la casa seguido por ellas. Doblaron la pierna derecha. Subí a la calesa. Vamos, le dije a Charles y el cochero agitó las ligaduras y el caballo se puso en marcha. Comenzaba a anochecer, la luz estaba apenas anaranjada, había parado de llover y olía a hierba, a resina húmeda. No tardamos en llegar a mi casa. Mi esposa no estaba, había marchado unos días a Burdeos, a visitar a sus ancianos padres, y la quietud de las habitaciones me relajaron. Ya había anochecido del todo. Isabel, la criada, había encendido los candiles. Me preguntó si quería cenar algo. Algo de fruta, le dije. No tenía hambre y me apetecía sumergirme entre mis libros, olvidar mi tarea de administrador, relajarme antes de que me venciera el sueño, o el sopor, y me durmiera por completo. Isabel trajo una bandeja con fruta que dejó ante mí. Vi que ya se movía con lentitud. Lo había hablado con Laura a veces, la necesidad de aumentar el servicio en nuestra casa, aunque no era mucho el dinero que yo ganaba al servicio del señor. Pensé entonces en la muchacha, quizá sería bueno hablar con la mujer y proponerle que pasara a mi servicio, eso le liberaría de algunos gastos y supondría al mismo tiempo un pequeño ingreso que les vendría bien. Lo hablaría con Laura cuando volviera. Aunque a Laura poco le importaba la cotidianidad de aquella casa, odiaba vivir en esa región apartada, echaba de menos Burdeos y ansiaba vivir en París. Sucumbí a la melancolía. Comenzaba a sentirme vacío, fracasado. Y tremendamente solo. Mi vida no resultaba ni de lejos, era evidente, lo que hubiera esperado unos años atrás. En cuanto a la muchacha, consideré que no era preciso que lo comentara con Laura.

Pasó de inmediato a nuestro servicio. No hizo falta insistirle demasiado a la madre. Cuando Laura regresó de Burdeos, se lo planteé y no tardó un instante en aceptar lo que yo había decidido. Tampoco estaba de humor para pensar en el asunto, su padre había empeorado de salud y su madre se encontraba también enferma. Además, ella misma se había dado cuenta de que Isabel no podía asumir las tareas como antes, era mayor y se cansaba con frecuencia. Díselo tú, me dijo, que debería plantearse el retiro, a ti te respeta. Laura creía que apenas incidía en los demás, se obsesionaba con que la veían débil, sin carácter, que se burlaban de ella, lo que no era cierto, pero provocaba que se mostrara siempre huraña y distante. Conmigo la relación podía calificarse de desapegada, al fin y al cabo ambos sabíamos que lo nuestro era un matrimonio organizado por nuestros padres, por mi padre en concreto, que en su momento había dispuesta mi vida hasta en sus más mínimos detalles, yo lo tenía asumido. Nos habíamos acostumbrado por lo demás el uno al otro, parecíamos incluso un matrimonio feliz, y ese ápice de amargura que se detectaba entre nosotros se atribuía sin duda al hecho de que no tuviéramos hijos.

Le comenté a Isabel con el suficiente tacto que la joven Suzette podía servir en casa, que la ayudaría en sus menesteres y que evidentemente estaría bajo sus órdenes, por ahora que adquiría experiencia. Le dejé entrever que se trataba de un favor a su madre, una pobre mujer del valle que apenas contaba con recursos ni asignaciones. Isabel no pareció incomodarse con la decisión, lo agradeció e incluso guardó silencio ante mi insinuación de que debería retirarse poco a poco. No puso pegas por lo demás a la situación de dependencia, pareció gustarle de hecho poder dar órdenes a una muchacha del valle, que a todas luces se mostraría sumisa y obediente, como eran las gentes del lugar. No se equivocaba en absoluto. Suzette era el ser más silencioso, sumiso y discreto del mundo. La veía atravesar los pasillos, las habitaciones, los dos patios y el jardín sin llamar la atención. Durante días no escuché su voz. Se cruzaba conmigo y bajaba la mirada, doblaba las rodillas en señal de respeto y continuaba con sus labores. Laura, sumergida además en sus males de cabeza y cierta melancolía, apenas se fijó en ella.

Quiso Isabel que la muchacha se ocupara de limpiar nuestras habitaciones, el comedor y mi escritorio. Una tarde entré en él y la vi leyendo un poemario que había dejado sobre la mesa. Se asustó al verme, llevaba unos minutos observándola, movía los labios siguiendo la lectura de los versos, parecía embelesada. Soltó el libro sobre la mesa y se echó contra la pared, asustada, enrojecido su rostro. Sonreí para que viera que no me hallaba enfadado de modo alguno.

– Sabes leer -Pregunté aun cuando me resultaba evidente la respuesta.

– Sí -Balbuceó de un modo tímido.

– Eso está muy bien -Le dije con suavidad-, es Villón –añadí al reconocer el libro-, un poeta encomiable.

La muchacha me miró entonces, extrañada tal vez de que no me hubiera enfadado con ella. O al menos así lo pensé yo. Me acerqué y tomé el libro. Se trataba de uno de mis poetas preferidos. Le tendí el libro. Toma, lee para mí, le dije. Ella pareció dudar. Al fin tomó el libro, lo abrió, se acercó al candil, comenzó a leer con suavidad. Saltaba a la vista que aquella muchacha sabía leer desde hacía mucho tiempo dada su soltura. No me cupo la menor duda de que ella y su madre formaban parte de la comunidad de hugonotes que aún quedaban en el valle. Aprendían a leer para poder conocer la Biblia de primera mano, sin mediación de nadie.

– Gracias, Suzette -le dije.

Ella guardó silencio y me miró.

– Te vas a ocupar de mi escritorio más a menudo -le dije-, yo se lo comentaré a Isabel esta misma tarde.

– Sí señor.

– Quiero además que todas las tardes leas un rato.

– Sí Señor.

No supe interpretar su mirada. No pude imaginar si aquella liberalidad que le ofrecía era de su agrado o se trataba para ella de un estorbo en la vida que desarrollaba en mi casa. Eso me molestaba en cierto modo, no saber lo que ella pensaba, no atreverme a preguntárselo abiertamente, pero quería que aquella muchacha no perdiera el tiempo, que se formara ya que poseía a todas luces curiosidad por los libros, no en vano la había descubierto leyendo por propia voluntad.

Durante toda la tarde pensé en Suzette. No pude sacármela de la cabeza, esa curiosidad por saber que poseía me agradaba en grado sumo, no podía menos que ayudarla. Pensé en mi propia juventud, en como mi padre ridiculizaba esa afición por los libros, no llegarás a nada, me decía, si te dedicas a ellos, tampoco tienes el don, me espetaba, y me condujo a su terreno. Lo lamenté toda la vida, aun cuando nunca me rebelase, acepté el camino marcado sin salirme ni un ápice de lo que me había establecido. Ahora lo veía como un error, mi gran error, mi gran fracaso.

Me di cuenta de pronto por la noche que Suzette se convertía en cierto modo en mi hija, que me ocuparía de ella, en su formación. Laura, delante de mí, cenaba en silencio, inmersa en sus pensamientos. Pensé si nuestras vidas hubieran cambiado si Suzette hubiese sido en efecto hija nuestra. En el sopor de la noche soñé que, en efecto, Suzette devenía hija mía y por una vez esa idea, ese sueño, me hizo feliz.

 

Juan A. Herrero Díez

 

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SELECCIÓN DE POEMAS

Por José Icaria

 

 

Como un terrorista de Hamás

 

 

Si yo pudiera

estallar,

como un terrorista de Hamás

-pero sin necesidad de explosivos-

simplemente

fff – fff – fff,

hincharme como un sapo,

en un hartazgo

de tristeza

o alegría

-eso, a fin de cuentas,

importaría bien poco-

y

fff – fff – fff,

boooouuuummm,

explotar, explotar, explotar,

y llover sobre los demás

en forma de petróleo y lluvia ácida,

para toda esa miseria autocomplaciente,

para todas esas caras recortadas

del anverso de un euro

que se pasan el día

repitiendo por favor y gracias,

siéntese, no le atenderé si no se calma;

explotar, explotar, explotar,

y llover sobre los demás

en forma de semen, maná,

lluvia dorada,

para todas esas miradas lujuriosas

que chisporrotean junto a uno al pasar;

explotar, explotar, explotar,

y llover sobre los demás

en forma de estrellas

y pétalos de rosas y besos

profundos, voluptuosos,

para toda esa gente cuyas miradas

son como faros para el navegante,

cabezas mecidas por una suave

brisa de notas ondulantes

que jamás perdieron la limpieza

de un cielo de agosto

y el alegre tintineo de las

sonrisas infantiles.

 

Sólo por vosotros,

sólo por vosotros,

el mundo conserva sus colores,

sus aromas,

dos o tres corales no blanqueados,

cierto número de árboles

que aún mantiene

la costumbre de florecer en primavera

y la pureza incorruptible

de cada nuevo amanecer.

Explotar, explotar, explotar,

y desgajarme como un higo abierto

o un tomate partido por la mitad,

para que tú te me untes

sobre el pan moreno de tus nalgas,

tersas y aromadas.

Y vaciarme para siempre en la nada,

reverberando sincopadamente en el espacio

antes de disolverme en una nube

de gas y polvo,

acordes, armonía,

risas femeninas,

tormentas de agosto,

cortinas de polen y plancton

y aromas de almizcle y ambrosía.

Las últimas ondas en el estanque.

Y, finalmente,

nada.

 

***

 

El mar

 

 

El mar

con furia

rudamente

copula

contra las rocas.

 

Después

 

lánguidamente

se retira

a dormir su siesta

de mareas bajas,

 

mientras

 

la Tierra,

mecida aún por el ensueño

que rememora

cálidamente

el furioso encuentro,

 

sonríe

y exuda

un sinfín

de flujos milenarios.

 

***

 

 

 

He decretado la felicidad

 

 

He decretado la felicidad

(mangas cortas para el frío)

por absoluto y necesario,

imprescindible

imperativo vital.

 

De todo, yo me río,

preciso -siquiera unos instantes-

brillar

en la tibia aurora evanescente

del incipiente

sol primaveral.

***

La metamorfosis del poeta

 

 

Ya se seca y marchita la palabra

con el fin de la estación;

moribunda, languidece lentamente.

Mírala: lombriz al sol.

 

Mas el dolor

permanece latente,

y será feliz simiente

de otra música, de otro son,

de otra vida, de otro amor.

 

 

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(CUENTO) AUTOR: ANA MARÍA MANCEDA

“UNA MONEDA ROMANA EN LA CORDILLERA   PATAGONICA”.

—¡ Escuchá…escuchá! En estos momentos se está muriendo, es impresionante ¿ No te parece?.  Bárbara sintió una opresión en el pecho, es cierto, podía sentir en las notas la  última respiración de Isolda. Miró a Federico, su cara arrugada expresaba toda la emoción que le producía la música, sus ojos celestes brillaban, mientras apretaba en su mano la moneda romana, nunca se separaba de ella, según él, era su amuleto. Las notas de “Tristán e Isolda” se expandían moribundas por cada rincón de la cabaña. ¡Por fin terminó! Sintió deseos de llorar, este hombre tenía el poder de hacerla viajar por sus aventuras, su música,  tenía que irse, refugiarse en su hogar, era la hora que Julio regresaba de la escuela, extenuado por su doble turno de maestro. Se despidieron, pronto se encontrarían. Federico había aparecido en sus vidas de la única manera posible, omnipresente. Arribó a esa zona de lagos patagónicos interesado en  estudiar las huellas de culturas antiguas. De origen germano, recorría el mundo tras los pasos ancestrales del hombre, antropólogo, había dictado clases en famosas universidades, una vez retirado se dedicaba a lo que le apasionaba. Julio, su marido, lo admiraba pero no dejaba de rebelarse, el viejo se abusaba de cierto dominio sobre ellos. En el trayecto observó el crepúsculo cayendo sobre los bosques ocres y rojos, este lugar de la Patagonia regala chispas de magia que preceden al largo invierno, había que aprovechar cada momento ¡Temporada larga la de las lluvias! Y luego las nevadas. El ruido constante de las gotas sobre los techos de chapa pulía las ilusiones y los proyectos. Cuando las actividades cotidianas se estaban haciendo rutinarias como hachar leña, reparar la salamandra, separar y clasificar hongos recolectados en el bosque, hacer dulces, Federico los invitó a cenar, los esperaba en su cabaña el viernes por la noche.

             Ubicados en la mesa de piedra redonda  apoyada en la pared del patio, al lado de la parrilla, arropados, disfrutaban del olor de la carne asada y el vino que reflejaba chispas rojas desde su color violeta. Esta vez Wagner no por favor ¿Quizás algo de jazz?  La charla placentera transcurrió por las anécdotas pueblerinas, por las visitas de Federico a las cuevas pintadas de la zona  y  la acción lamentable del hombre en ellas. De pronto el viejo quedó callado, era un momento  especial para él, debía proponerles una aventura, dependía de ellos, el resultado cambiaría sus vidas, quería ayudarlos. Por un rato quedaron en silencio, se dejaron seducir por los olores, los sabores y la vista de la luna llena que jugaba a espiarlos entre las    hojas amarillentas de los álamos.                                                                                                                             —Ya está muy fresco ¿Tomamos el café adentro? Julio encendió el hogar, Bárbara preparó el café mientras Federico disponía unos mapas en la mesa ratona. Se sentaron en  cuclillas alrededor de la mesa. Con marcadores de distintos colores Federico les explicaba su secreto, hace mucho tiempo él sabía de un tesoro escondido, de la época de la conquista,  en un árbol hueco, fosilizado, tapado por un tapiz musgoso y parte del sotobosque.

 —Queda en las cercanías del pueblo, podríamos buscarlo juntos, es de un valor  incalculable, yo sé donde venderlo en Europa.

             El tiempo parecía haberse entretenido jugando a la búsqueda de la realidad, los jóvenes mudos no pudieron responder a la propuesta, quedaban muchos  interrogantes y la situación lindaba con fronteras surrealistas. Hicieron  preguntas, dudaron de la veracidad de la historia, cuestionaron la ética de la aventura, de todas maneras se despidieron con la promesa de pensarlo, aunque la respuesta se leía en sus ojos. Luego de despedirse de sus amigos Federico tiró una colchoneta al lado del hogar, apagó las luces, puso su música favorita y se acostó. Sus ojos celestes parecían pertenecer al universo, no a un solo individuo. Levantó la moneda, la cara del emperador romano brilló rojiza ante el resplandor de las llamas, una profunda tristeza lo fue invadiendo ante la certeza del rechazo, ellos eran la última esperanza que le quedaba. A través de la ventana se veía la luna llena ¡Ese poder fascinante que tenía de hacer suya la  energía prestada! Dolía ver tanta belleza. De pronto, una figura agigantada provocada por el fuego del hogar apareció. Destino ¿Venganza? Cuchillo, odio. El pecho del hombre emitió un sonido que escapando de sus labios, huyó decidido a acariciar la plateada luz de la luna. La música del disco llegaba a su fin, Isolda ya no respiraba.                                                                                                                                                                                       .             La desaparición de Federico fue tan misteriosa como  la aparición en sus vidas. Julio y Bárbara fueron intrigados  a la cabaña y no encontraron ningún rastro de él, solo sus discos, algún libro y muchas cenizas en el hogar. Al costado de éste, Bárbara encontró una libreta,  como si hubiera escapado de las llamas, la guardó en secreto. Se fueron  angustiados, concordaron que Federico algo habría decidido respecto al tesoro y al no tener apoyo de la pareja se fue sin enfrentar una despedida. Los habitantes del pueblo que casi no tenían trato con el hombre creyeron que dio por finalizada su estadía en un pueblo exótico para él. Bárbara sintió el vacío dejado por el viejo antropólogo. Julio se volvió más taciturno. La joven justificó la conducta de su marido como algo natural, al ser oriundo de esa región había heredado la actitud reservada de su pueblo, quizás estuviera aliviado por la desaparición de Federico, incluso llegó a pensar que tenía celos del viejo, pero los meses subsiguientes la actitud agresiva de Julio hizo insoportable la convivencia. En sus momentos de soledad Bárbara pensó en la posibilidad de una separación, no soportaba más vivir de esa manera, hasta   sentía temor por la mirada huidiza y fiera de su esposo.

                            Durante el verano, cuando los días son tan largos que el sol evapora hasta los  íntimos pensamientos Julio fue de pesca. El río, con sus pozos y su relieve obstinado de seguir su apariencia externa lo arrastró hasta la nada, nunca se pudo encontrar su cuerpo. Pasó el tiempo, Bárbara, con la fuerza de su juventud se fue reponiendo de la tragedia. Un día encontró la libreta de Federico, decidió afrontar los recuerdos de ese extraño hombre que existió en su pasado. Escrita de manera legible y prolija leyó una narración  realizada por el antropólogo.

                           Era Don Alonso González, oriundo de las Tierras de Castilla y en tránsito por  tierras patagónicas,  se dedicaba al estudio topográfico y preparación de herbarios. Entre sus ropas pardas portaba, en bandolera, una bolsa de cuero de puma  en cuyo fondo escondía monedas de oro y joyas heredadas de su familia española. Por encima de éstas  un pedazo de cuero tapaba el tesoro, encima de él llevaba los utensilios que usaba para realizar sus estudios. De las monedas que escondía había una que le quitaba el sueño, era de bronce, le fue donada por un tío sin hijos, quería que él la herede, nunca supo como llegó a las manos de su pariente. Fue acuñada en Calagurris entre los 31 y 27 antes de Cristo. En el anverso figuraba  la cabeza desnuda del emperador Octavio y en el reverso la figura de un Toro grueso de patas cortas, parado y mirando a la derecha, arriba una leyenda en latín CALAGVRRI. Solo al recordar la antigüedad hacia transpirar a Don Alonso. Él tenía un plan  que había elaborado en años, de ahí su decisión de viajar a las Nuevas Tierras. Hasta que decidió que había llegado la hora de esconderlos. Luego de la cena Don Alonso durmió  de manera profunda a sus compañeros de expedición con unos brebajes de hierbas de la región, excepto a su esclavo traído desde el norte de los lagos. Éste debía ayudarlo en una expedición secreta, ya había localizado el lugar donde escondería su tesoro. Había trabajado la conciencia del indígena con raras historias que el pobre no entendía, solo sabía que debía seguir a su amo. Cuando la luna transitaba por el novilunio, amo y esclavo desaparecieron en la oscuridad del bosque. En el trayecto hacia el escondite, Don Alonso  recordaba los meses de difícil derrotero por esos paisajes imponentes, bellos y tan extraños a su Castilla natal. Llegado a las costas del Pacífico Sur, se había puesto a las órdenes de Don Pedro de Valdivia, Gobernador de Chile. La orden del Gobernador fue que encontraran los caminos hacia “El Mar del Norte”, pero la mayoría de los expedicionarios ansiaba llegar a la “Ciudad de los Césares”  erigida sobre piedras preciosas y oro, la mítica ciudad obsesionaba a los conquistadores. Los peligros no eran pocos, el clima brutal, el paisaje montañoso, la vegetación boscosa cerrada, los indígenas al acecho y las distancias enormes. Luego de cruzar la cordillera tomaron de esclavos a un grupo de pehuenches,  es cuando solicitó a su comandante que le ceda uno de ellos para que lo ayude en sus tareas. Se dirigieron tras meses de travesía hacia la Vega del Cerro Chapelco, en esa belleza imponente acamparon a orillas del lago Lácar. Ahí es donde decidió llevar a cabo su plan,  el indígena imperturbable hizo todo lo que se le ordenaba, antes de guardar el tesoro buscó la moneda romana que su amo le exigió, éste la tomó y la apretó entre sus manos.  La oscuridad era absoluta, solo algunos ruidos lejanos de algún animal nocturno rompía el silencio. El topógrafo  sabía que ahora vendría lo peor, ordenó a su esclavo que levante unos utensilios que habían quedado en el suelo, cuando éste se agachó le dio un justo golpe en la cabeza y lo mató, luego de atarle unas piedras en el cuello lo arrastró hasta un arroyo cercano, de aguas impetuosas, que arrastraría el cadáver hasta el lago y de ahí al océano. Don Alonso llegó extenuado al campamento pero por la mañana se levantó con la energía de siempre a realizar su trabajo, el revuelo se armó cuando se cayó en la cuenta de la falta del esclavo. Se concluyó que quizás se hubiera emborrachado con la bebida de manzanas silvestres que ellos mismos elaboraban y se hubiera despeñado por algún cerro. Sin embargo, en los días siguientes él sentía la mirada penetrante de los otros esclavos, comenzó a sentirse intranquilo, lo único que deseaba era que la expedición termine, sabía que en no muy lejano tiempo volvería por su tesoro. Las fuerzas de los expedicionarios se iban agotando, habían fracasado en encontrar la “Ciudad de los Césares”.  A manera de despedida, en la noche de plenilunio, los esclavos, luego de atender a sus amos, prepararon una ceremonia para sus Dioses, los brebajes alcohólicos fueron compartidos por  los expedicionarios. El topógrafo fingió que bebía, no soportaba el alcohol. Por la madrugada todos dormían, la luna gigante iluminaba una de las noches más frías  y bellas de ese final de verano. Arropado hasta la cabeza, Don Alonso aún despierto, como en alerta, sintió murmullos y movimientos ligeros, al destaparse solo pudo percibir el último destello de la luna que rozaba  su profunda mirada celeste  y aterrorizada.  Su  pecho herido exhaló un silbido que viajó por el bosque huyendo hacia la luz. Luego el silencio.             

                            Bárbara quedó impresionada con la historia, debajo de la narración había unos   bosquejos que parecían indicaciones de terreno y el dibujo de la moneda que detallaba la historia, sin duda la misma moneda que Federico usaba de amuleto ¿Qué relación habría entre las vicisitudes del tal Don Alonso González y la vida del desaparecido Federico? Un escalofrío le recorrió el cuerpo ¿Acaso no había cierta analogía entre el destino del esclavo y  Julio, su marido?  Pero el tiempo todo lo puede. Al pasar los años la joven formó un  nuevo  hogar, los hijos dieron luz a un pasado oscuro que reflejaba su tristeza sobre todo en las noches de otoño. Un domingo, Bárbara y su familia, fueron de excursión al bosque, iban a la tradicional cosecha de hongos para su posterior secado, los chicos entusiasmados corrían junto a su padre por los senderos. Al atardecer luego de merendar resolvieron regresar, era principios de otoño y el frío comenzaba a sentirse, por las ramas desnudas de algunos árboles se esbozaba imponente la luna llena. Mientras guardaban sus cosas Bárbara sintió un silbido, miró asombrada, su marido emitía los sonidos de “Tristán e Isolda”, cosa rara en él, quedó pensativa, recordó la mirada celeste de Federico cuando escuchaba esa música, de pronto observó un objeto extraño entre los pastos del suelo, lo tomó, parecía de metal, lo frotó en su vaquero y lo elevó para mirarlo mejor. Su marido dejó de silbar, su mujer daba vueltas  al objeto en el aire, jugando con él como posesa, los últimos reflejos del sol iluminaban una moneda de bronce, en su  reverso se divisaba la figura de un toro grueso de patas cortas y en su anverso la cabeza desnuda de un imponente emperador romano. Desesperada buscó refugio en la presencia de su marido, éste, sonriente, la miró amoroso desde sus intensos ojos celestes.***

                                          

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SONETOS DE LA MANO DE:

Rodolfo Leiro (Argentina)

 

SI TÚ ME CONOCIERAS

Si tú me conocieras, sabrías que mis ojos

 no son de primavera (poema RVL)

Tu perfumado sobre con una breve esquela

me dice que enamora mi libre orfebrería,

que quieres una cita en un cercano día

en el antiguo muro de la vetusta escuela;

te digo, amiga mía, romántica rayuela

que se enamora pronto de un tejo melodía,

que ya no tengo frases de Helena sinfonía

y es acaso posible que el desengaño duela;

el tiempo, mi pequeña, un día te hará abuela

y arrastrarás tus pasos en la gastada suela

con que la vida vuela su grial policromía,

recordarás tu carta como una  lentejuela

en la olvidada fiesta del vino y la zarzuela

y en tu mano menuda mi libro en poesía.

Construído el 18 de octubre de 2011

-10-18 a las 7,59 para

“Esquinas bohemias”

 

***

 

 

MI NOGAL

Supe tener en los años en que mi nogal de glosas

me dispensaba las brevas de su armónico linaje,

la briosa fuerza, mi sueño en mi pluma de coraje

que engalanaba la fuente de mi paisaje de rosas;

bajo su sombra apacible en que la tarde desposas

y el infinito me ofrenda piel de armónico celaje,

desperezo y desperdigo el caudal de mi equipaje

sobre espigas de los vientos y garbo de celulosas;

me interno sobre el enigma, su mojón de quisicosas

y los destellos de soles son sonatinas frondosas

 sorbiendo castos destellos, un rol de rugiente brío,

y me siento de improviso en un colosal cordaje

eyectando mi vivencia hacia espacial hospedaje.

De allí acuño este soneto con mi lápiz de vacío.

Construido a las 14,37 del

1 de noviembre de 2011-11-01

Para

“Esquinas Bohemias”

***

TITÁN

 

Si un titán de las letras dispensara

sus fuerzas en sus ímpetus bravíos,

yo echaría a rodar los sueños míos

en su pátina   de cúpula preclara;

insistir que mi canto lo llevara

más allá de las cumbres y los ríos,

y sembrar en mis estros de rocíos

cada verbo que en rima madurara;

y su voz de gigante proclamara

en los astros ignotos, esta clara

emoción de mi pecho tanagra,

y observando el espacio, botavara,

 subir, sobre el diamante de una tiara

y de allí, suponer, que me consagra!

Construido a las 9,05 del

13 de noviembre de 2011

Para

“Esquinas Bohemias”

 

***

 

AÚN

 

Soy en la noche triste, todavía,

un pedazo de estrella reluciente,

un corazón abierto, complaciente,

que ilustra cada pátina del día;

este viejo cansancio de mi vía

deviene de vil páramo incipiente,

como una seca boca, sin un diente,

que de antaño, mi lira, perseguía;

no pudo deshojarme, mi osadía,

que de una augusta rosa devenía

se elevó como un bardo penitente

o un loco en su letífica insanía,

que cansado de amar, te seducía,

con un beso de rimas en tu frente.

Construido a las 18,24 del

22 de noviembre de 2011

Para

“Esquinas bohemias”

 

***

 

PORCELANAS

 

Aquellas horas de grácil porcelana,

cuando era eterno rosal de la alegría,

el mundo desglosaba en fantasía

y el color eran horas de solana;

 

correr y brincar cada mañana

despeinando los bucles de mi día,

las flores con su rara geometría

y la risa hedónica y temprana;

 

el ansioso  cristal de mi ventana

y la voz de mi madre, grácil pana

enrolada en un grial de melodía

 

que aventaba mi clásica galbana

como un diario concilio de su diana.

¡Era dulce mi madre y era mía!

 

Construido a las 5,34 del

30 de noviembre de 2011-11-30

Para

 

“Esquinas Bohemias”

 

 

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