37º Número de la revista literaria Nevando en la Guinea

Mandela

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37º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

DIGITAL MENSUAL

NEVANDO EN LA GUINEA

NºLXXXI desde inicios/05-07-2013

 

EDITORIAL LXXXI

La novela

 

Coincide el 50 aniversario de la publicación de Rayuela de Julio Cortázar con la aparición de un ensayo de Luís Goytisolo, Naturaleza de la novela, último premio Anagrama de ensayo, y que nos devuelve al viejo debate, un tanto absurdo, del futuro de la novela como género. Hay incluso quien prevé el fin de la literatura, ensombrecida por nuevos formatos digitales que amenazan, dicen, la capacidad lectora y de comprensión, peligro tal vez cierto, aunque no nos lo creamos del todo, porque lo que tememos de verdad son los catastróficos planes y programas educativos que aplican los gobiernos que están bajando el nivel de los estudiantes y que parecen no desear ciudadanos, sino mero consumidores compulsivos en una cultura del espectáculo.

Decimos que el debate sobre el futuro de la novela es absurdo por recurrente y repetitivo. Los tiempos y las formas cambian, pero persiste el deseo de narrar, de contar historias. Y mientras exista este deseo, no somos fatalistas. En este sentido, no creemos que la literatura –la novela- esté en gran riesgo de desaparecer. Sin embargo, puede parecer que ya no se publican las grandes novelas de otras épocas, que la literatura, al mercantilizarse, sólo deja espacio a best-sellers y a relatos de laboratorio. Pero sobre todo, reconocemos, da miedo la pérdida de referencias culturales que existe hoy, el descenso del nivel educativo que se produce en muchos países, la banalización de la cultura mientras la literatura, la reflexión y el debate se circunscriben a élites más y más alejadas de la población. Pero existe también otro peligro: las nuevas tecnologías permiten un exceso de información que puede asfixiar la comprensión por ese mismo efecto.

Julio Cortázar fue ejemplo de lo contrario de todo lo antes referido, en su momento se leyó con verdadera pasión y para muchos de nosotros fueron determinantes sus relatos en nuestro aprendizaje literario, pero sobre todo en el deleite como lectores de una narrativa emocional y expresiva. Contaba historias, lo que es básico cuando hablamos de literatura, la piedra angular sobre la que se sustenta este artefacto que es la literatura y que nos permite pensar que, con mayor o menor éxito, con más o menos fortuna, que perdurará porque resulta necesaria para la humanidad. No hay pueblo ni cultura sin relatos, sin la necesidad de contar, y por tanto sin la existencia de la novela.

Aunque dicho esto, repetimos que nos preocupa la pérdida de calidad, la desorientación en el ámbito de la cultura y, ya mencionada, la caída en picado de la educación, algo que resulta básico para la comprensión del mundo. Esto es lo que da miedo, lo que nos empuja a no poco pesimismo, no el futuro de la novela.

No tenemos ninguna varita mágica para darle la vuelta a la realidad. No queremos caer en discursos milenaristas ni catastrofistas, sabemos que la literatura seguirá existiendo y caben todas luces nuevos formatos y nuevas narrativas. Pero hemos de exigir a las editoriales un compromiso de seriedad y que no caigan en la mercantilización de la cultura.

 

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NOSTALGIA Y CALMA ANDARIEGA

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

LOS LIBROS IMPOSIBLES

 

Yo quisiera escribir Biblias apócrifas en papiros,

cuentos sesgados por el misterio profundo

de las cosas de la vida,

yo quisiera escribir poemarios imposibles

y epitafios que claman a los cielos.

Escribir por ejemplo un epitafio

que diga: -Cuidaos de los vivos,

por su codicia me dejaron muerto.

Escribir por ejemplo,

una biografía novelada que descifre metáforas

ocultas en las canciones de Camarón,

escribir tal vez la dicotomía eterna

sobre el amor imposible de luna y de sol.

Escribir sobre naufragios en los hogares,

en los hogares de gente corriente.

Escribir sobre desmesuras en familias bien,

demasiada tinta roja ha corrido ya,

escribir por si acaso sobre las catástrofes

agazapadas en las palmas de las manos,

escribir el porqué de los hombres

que se tiran a la bebida,

¿quién sabe qué cruz portearán todavía?

Escribir también canciones que no sonarán

jamás de los jamases, escribir y escribir,

según dice Gabriel Zaid: -demasiados escritores

para tan pocos lectores, demasiados libros,

escribir el libro imposible es soledad,

escribir, quizá, el soneto perfecto,

ese, que de hermoso no tenemos ni la idea.

Ese que de hermoso rezume de vida fractal.

***

HIJOS DEL INSTANTE

 

Tengo tantas cosas que decir y a la vez tantas razones por las que callar, que no me queda otra que conformarme, eso, antes de que me llamen resentido, megalómano o soberbio, no me queda otra que luchar por lo que no siento, si lo hiciera al contrario tendría a los que más quiero en contra, y eso acabaría conmigo. Existe tanta gente que vive en una contradicción que podrían hablar del revés y caminar como los cangrejos, no me importa lo que diga la gente, me importa lo que piensen los que de verdad me quieren.

 

***

 

Hay gente que denomina a otros hipócritas, pero yo no los llamaría así; una, por respeto, y otra, por que les entiendo, simplemente se cuidan, y los que los llaman hipócritas desconocen lo que cuesta muchas veces cuidarse. Cierto es que hay muchas clases de hipocresía, pero la que se ejerce para cuidarse es digna, es admirable y es muestra de una inteligencia y fuerza emocional que los déspotas que les llaman hipócritas debieran aprender de ellos.

 

***

 

Conozco ciegos que quisieran ser sordos, y he conocido sordos que hubieran preferido ser ciegos. Conozco a hipócritas que dicen la verdad en broma, y a hombres sinceros que mienten en serio, los dos pretenden cuidar y cuidarse, o todo lo contrario. Conozco a listos que se hacen los tontos, y a tontos que se creen muy listos, también conozco a guapos que quieren ser guapos, y a feos que envidian a los guapos, pero también hay guapos que quisieran pasar desapercibidos como feos, estos, son guapos y bellos, por que existen los guapos y los bellos, los bellos no necesariamente han de ser guapos, pero no son feos. Yo, a medida que pasa el tiempo, cada vez me conozco menos, quizá tenga que empezar a cuestionarme lo que soy. Yo quisiera volver a la inocencia pero con la conciencia que tengo ahora del pasado.

 

***

 

Sube el coste de la vida, de la cultura, de los artículos de consumo, de los alimentos de primera necesidad. En los países desarrollados no es de extrañar que los indios se suiciden, y los mestizos acaben con depresión nerviosa. Conocí a alguien una vez que no sabía lo que era la depresión o la ansiedad, cuando conoció el país, o uno de los países donde la diagnostican a diario ya fue demasiado tarde. Con la crisis el índice de delincuencia se dispara, por eso las gentes con lo necesario para vivir tienen miedo de salir y cuando lo hacen siempre van con el dinero justo, cuando contemplamos los naufragios en los hogares vemos una luz que nos consuela, es duro, sí, y da mucho asco comprobar que te alegras de no ser tú la víctima del bombardeo de miseria, te alegras y tu conciencia a la vez te devuelve una sucia arcada, una arcada de asco, por que la miseria y la mugre corre silenciosa en lugares aledaños, nos alegramos de no pisar nuestra mierda, pero lo más triste de todo y lo que más miedo da es que somos espectadores de las tragedias en el mapa mundi mientras comemos la plegaria apestosa del fracasado. Y admiramos al ganador como reflejo inalcanzable de las promesas que lanzamos al mar, lo que la gente creo que parece no sospechar es que el ganador también atufa su derrota en la zona solitaria que nadie ha visto. Ganar o perder son espejismos.

 

 

***

 

SÉ DE OTRO LUGAR EN LA TIERRA

 

Tanto en Oriente como en Occidente, tanto en el oeste como en el este, tanto en el hemisferio sur como en el hemisferio norte, se preguntan qué habrá allá, o qué habrá allí, tras las transparentes muselinas de la televisión que se disfrazan para la solemnidad del muro de opacas fronteras, ¿qué habrá allá? Tras la cruz esquizofrénica que separa del estío y del invierno, qué habrá tras ese sur que desnuda a la luz y fecunda de sol nuestro sueño, quizá ocurra el pequeño milagro, que nos salve del seco tedio en las rutinas, qué pequeño milagro dudamos y nos brilla en la ilusión que desconocemos, quizá otro lugar, allá en la cáscara del horizonte que nos tapa la esperanza nueva habrá templada agua dulce celebrando en borrachera la libertad, qué frontera brillará más que la nuestra, yo sé a ciencia cierta, que allí en las barriadas olvidadas está la alegría de los hombres y las mujeres brindando por su noche compartida, yo sé que la fiesta está allá lejos, lo sé, por que veo sus luces de carnaval reflejadas en las montañas y en los mares, yo aquí en mi hogar en soledad, con el patrimonio yermo que perdió su dicha fresca, sé que allí en el otro lado del mundo están bailando la criolla canción del cimarrón alegre, están brotando las orquídeas en la selva, junto a los shipibos, sé que en Huancahuasi rezuma el cholo bebiendo chicha jora, rezuma dando tumbos entre su libertad de cóndor, conozco las risas de los guarabíes cucumando y de colibríes mojándose con la chela en las gargantas que gritan de risa ciega, sé que allí son pobres, ¿pobres? pero disponen de toda la alegría que emerge del oro sumergido desde los galeones enterrados en el mar, aquellos galeones se llevaron nada, sé que en realidad son ricos, sé que esto que parece vida no es vida, sé que aquí salimos del tedio con migajas, sé que nos conformamos con fútbol los domingos y con los toros alguna tarde, sé que aquí vertemos nuestra leve agonía en el reloj humillado de las sirenas de las fábricas, sé que hay otro mundo que se ha tragado todo el sol en la fiesta, sé que allá lejos existen risas brotadas en los asados, en las polladas, en las cajas chinas; existen brindis que crujen de armonía, sé que esto es un país rico, pero que de rico nada tiene, sé que allí se celebran las tragedias de los pobres con el ánimo perpetrado por la esperanza preñada. Sé que existe otro lugar donde la alegría y la tristeza es la de todos.

 

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Amistad

 

Vi que se enderezaba, irguió la espalda y luego fijó la vista en mí. Se quedó quieta y me observó apenas unos segundos, mientras que yo, a cierta distancia, avanzaba hacia la casa a paso lento. Observé que se acercó entonces a la ventana y dijo algo que no llegué a escuchar, aún estaba lo bastante lejos para que no me alcanzara su voz, pero deduje que anunciaba mi llegada. Volvió al punto donde había estado un momento antes, allí donde crecían algunas de sus plantas preferidas. Al instante llegué a la verja de entrada. Ismael me esperaba en el zaguán del edificio. Ella me dirigió un hola que intentó contener toda la amabilidad de la que podía hacer gala. El amigo inoportuno, debió de pensar. Hola, le dije con exagerada alegría, tal vez hubiera en mí, me di cuenta casi al instante, una más que evidente intencionalidad de molestar, aunque quise creer que era en el fondo por completo involuntaria, y crucé el estrecho jardín delantero de la casa, el que daba a la discreta calle de una zona de casas bajas y señoriales de un barrio adinerado pero exento casi del exhibicionismo de nuevo rico por desgracia tan en boga en nuestros días. Sin duda, ella, la alemana le llamaban ya antes de que yo la conociera, había impuesto ese tono comedido al matrimonio. Si por él fuera, todo adquiriría un aspecto bien distinto, uno más neoclásico con tendencia kitch a la opulencia sureña de los años dorados del esclavismo. Porque Ismael era así, un despilfarrador que gastaba a manos llenas, el menos mirado de los consumistas que pueblan nuestro mundo consumista. Por suerte para él, ella contraponía a su tendencia derrochadora una severa austeridad en la familia digna del más rígido calvinismo suizo, que este debía ser en realidad su procedencia, la de un país que convertía las sedes de los bancos más opulentos del planeta en meras sucursales bancarias de línea circunspecta y sencilla.

−Vamos a la biblioteca. –le anunció Ismael a su esposa. Vano anuncio, siempre nos resguardábamos allí.

Apenas levantó la cabeza para mirarnos un instante y asentar en un gesto levemente visible, como si aquello no fuera con ella, mientras nosotros entrábamos en la casa y nos perdíamos por entre los vericuetos del pasillo. Barrunté lo que estaría pensando la amable y concisa esposa, seguramente que hablaríamos de vaguedades literarias, nos deleitaríamos con los poetas que tanto nos gustaban y al final yo le pediría a su marido algo dinero para llegar a final de mes. No sería la primera vez, era cierto, que nuestros encuentros transcurrían más o menos en ese orden. Pero tampoco tenía por ello que mostrar todo aquel recelo que delataba su no poca animadversión. Aun cuando sabía por Ismael que a ella no le desagradaba lo que yo escribía, él  me aseguró más de una vez que me tenía por el mejor de los escritores que rondaban la casa y la compañía de su marido, que se emocionaba aunque no lo reconociese con algunos de mis relatos más poéticos, detestaba mi modo de vivir, incluso mi carácter, y en su opinión si yo no tenía donde caerme muerto, era por mi culpa, mi sola culpa, así lo creía ella y con frecuencia se lo decía a Ismael, y él me lo repetía a mí palabra por palabra, porque con mi talento, afirmaba ella, no sé si con mucho convencimiento, tendría que vivir sin dificultades, y si no con opulencia, sí al menos con comodidad, y si no era así era porque lo mío, lo mío como problema, estaba plenamente convencida de ello, respondía a una cuestión de personalidad, lo que significaba, por decirlo de un modo más subjetivo, que yo le caía mal, no le gustaba mi carácter, mi forma de ser, no se fiaba de mí, y seguro que seguiría a pies puntillas, de conocerla, la opinión de un  antiguo profesor mío que invitaba a nunca conocer a autores cuyos libros gustaran para evitar decepciones y que de este modo se nublara la satisfacción por la obra, al fin y al cabo lo que importaba de un escritor. Sin duda para ella no cabían excusas de mal perdedor, que no le fueran con cuentos del origen social y todo eso, o que no le contaran historias tortuosas de familias castradoras, como si su amado maridito, pensaba yo cuando sentía sus reproches, se hubiera ganado su fortuna con el sudor de su frente, haciéndose a sí mismo con tesón y heroicidad, y no con la herencia por partida doble de su padre, accionista minoritario, y su tío viudo, sin hijos, fundador y accionista mayoritario de la principal fábrica de zapatos que había en aquellos parajes.

Pero me daba igual lo que ella pensara, había superado el primer trance, su control: ambos sabíamos que una de las pocas cosas que nunca podría impedir era coartar las visitas de aquellos estrafalarios amigos de su marido, entre los que me hallaba. Eso me permitía frecuentes entradas a la enorme casa, la excelente aportación de la esposa a la fortuna familiar, casa que apenas escapaba, sin ser desorbitadamente lujosa, de la sobriedad que ella imponía, la contradecía incluso, para beneficio del marido y de su troupe, y a la que yo entraba, sí, cuando quería, por ejemplo aquella tarde, y de este modo avanzar por el pasillo hacia la biblioteca, un enorme salón con vistas a la parte de atrás de la casa, construida ésta por su abuelo paterno, un alemán que llegó hacía casi cien años a la ciudad para vivir de negocios que creía yo turbios, no sabría decir por qué, y del que ella había heredado no sólo una cierta fortuna en propiedades, también un apellido impronunciable y el sobrenombre de la alemana. El salón, amplio y luminoso, estaba ocupado por miles de libros que eran la afición de Ismael. No en vano se pasaba buena parte del día leyendo, poseía una cultura más que notable y el que no hubiera tenido que forjarse un destino, la fábrica se la encontró montada y en plena expansión, le permitió una vida cómoda en la que apenas se ocupaba del negocio de los zapatos, contaba para ello con un esmerado y fiel administrador, heredado junto al negocio y que le aportó a su vez un heredero en el puesto cuando la edad ya no le permitió seguir en el mismo, lo que le daba alas  a mi amigo para que su despacho en las instalaciones fabriles deviniera una extensión de su biblioteca y en él leía sin descanso y sólo paraba un rato para firmar documentos o revisar cuentas e informes que apenas le entretenían de su principal actividad.

Nos sentamos frente a frente y me miró con su amplia sonrisa autosuficiente. Has escrito algo interesante, me preguntó. En eso estoy, justifiqué sin dar muchos más detalles, no por modestia, sino porque la semana la había pasado sobre todo intentando mantenerme con alguna clase y unas pocas traducciones que me permitieran pagar el alquiler. En realidad, yo odiaba ese estereotipo de escritor empobrecido que lo sacrificaba todo por la literatura en que me había convertido. En el fondo le daba la razón a la alemana, si yo vivía como vivía, a salto de mata y sin un chavo, era porque no había sabido afrontar la vida, porque me había equivocado en una sucesión de decisiones mal tomadas y que me habían llevado a dar tumbos, algo que me producía no poca insatisfacción. Suponía y temía ya, a esa altura de mi vida, que me iba a resultar difícil cambiar, por no decir imposible. Curiosamente, desde su posición, Ismael no veía mi vida como el reflejo de un cierto fracaso, sino que envidiaba lo que consideraba mi libertad creativa. «Libertad creativa», me repetía una y otra vez intentando saber yo lo que significaba en realidad. Escribía, sí, había publicado algunos libros que nadie leía salvo un puñado de personas próximas, pero ni de lejos me sentía a gusto conmigo mismo. La vida se me hacía extraña, ajena por completo a mí. Alguna vez le contaba a Ismael mis cuitas, pero él me reprendía de inmediato.

−Mírame a mí –me dijo aquella misma tarde, cuando comencé a apuntarle mis quejas ante la vida−-, atrapado por las obligaciones burguesas, llevando una vida que no me corresponde.

Te la cambio. Una y mil veces estuve tentado en proponérselo y de nuevo lo pensé. Si a él no le satisfacía la vida que llevaba, podíamos intercambiarlas, por mí encantado. Pero no le dije nada, como siempre, tampoco era cuestión de mantenerme en el tema ni de insistir en esa retahíla de quejas permanentes en que solía sucumbir con harto frecuencia. Miré a mi alrededor y no pude evitar la curiosidad.

−¿Alguna novedad?

Sonrió como un niño a quien recién le habían entregado un preciado presente. Se levantó y se dirigió a la estantería junto a la puerta, allí donde colocaba durante algún tiempo, antes de archivarlos, los libros adquiridos. Me lo acercó y antes de tenerlo yo entre mis manos reconocí la reproducción del manuscrito Voynich, un libro que le había obsesionado durante mucho tiempo. Aficionado a los libros y a las ciencias naturales, aquel manuscrito misterioso reunía todo lo que él valoraba y atraía. La copia que me mostró era muy buena. Hojeé parte de las 240 páginas y me detuve en los dibujos de las plantas y las figuras.

−Se lo pedí a Araute, el editor –me contó-, que envió a uno de sus especialistas a Yale, que es donde está el original.

−La copia es perfecta –no pude menos que reconocer, sólo la calidad del papel grueso indicaba que el volumen era moderno.

Aquel extraño manuscrito le había interesado desde hacía tiempo. Algo había en él que resultaba insondable, tal vez que no nos hallábamos ante un misterio al uso que invitaba a las mentes más fabuladoras a la senda de lo esotérico, sino que se trataba de un texto a todas luces real, escrito en una lengua desconocida, pero no por ello inexistente. Ismael podía pasarse horas hablando del asunto y en cierto modo yo envidiaba aquella pasión. Vale, Ismael se lo podía costear, tenía la vida resuelta, era feliz, mi vida resultaba a todas luces la contrapartida, como el negativo de su existencia. Pero me sentía culpable, era lo que yo tenía que pagar en cada aduana de la vida, y aquella herida se agrandaba mientras veía a Ismael recorrer con la mirada los recovecos de la copia.

Me hizo recordar que desde hacía tiempo le daba una y mil veces a la idea de la vida, de su sentido, de su realización. Me preguntaba si cada uno forjábamos nuestras existencias o nos dejábamos llevar. Ismael por ejemplo, me dije, nunca se había esforzado por nada, se dejaba llevar y todo parecía sucederse de forma automática en él, la empresa, la fortuna personal, aquella mujer que le hacía de contrapeso a sus tendencias caóticas. Él, sin embargo, afirmaba ansiar otra vida, la mía por ejemplo, que de atractivo no tenía nada en absoluto.

−Eres feliz –le pregunté entonces de sopetón, a bocajarro. Él levantó la vista de la copia y me miró extrañado.

−Que si soy feliz… -repitió, como aturdido.

Para mí, no cabía otra respuesta posible. Él miraba hacia el amplio jardín interior, observó las plantas cuidadas por su esposa, su amada esposa, la primera y única mujer de quien se enamoró, que aceptó ser su compañera, amiga y amante. Debió de pensar en la fábrica, esa empresa que le convertía en portador de una historia familiar. Recordaría todos los libros leídos. Para mí la respuesta resultaba más que evidente. Él, sin embargo, guardó silencio, se levantó, se acercó a la ventana y miró hacia fuera, como buscando algo, alguna respuesta.

−Qué pregunta es esa… –afirmó mirándome, los ojos encendidos no sé si por la rabia, una cierta decepción vital o por la más profunda de las penas.

Me sentí completamente desolado. Como perdido. Comenzaba la semipenumbra en una lenta anochecida otoñal.

−Necesito un favor –opté por cambiar radicalmente de tema-, un préstamo, estoy sin un chavo.

−Sin problema –me dijo sin tener que pensárselo apenas. Y  esperamos, no sé por qué motivo, entre vaguedades sobre libros y autores, a que se hiciera totalmente de noche.

Juan A. Herrero Díez

 

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MICRO-FICCIONES

(primera entrega)

Por Rolando Revagliatti

 

Redactor

El chico que no habla es el hijo único de su fallecida única hija, y de su también fallecido yerno. Lo crió ella, viuda, al chico que no habla, su nieto. Es el chico que no habla quien redacta el breve texto que se inicia con: “El chico que no habla es el hijo único de su fallecida…”

 

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Huir

Claro que pensó en huir, harta de padecer la torpeza de los golpes de esa especie de marido colérico, de pésimo vino y borbotones de sevicia. También pensó en huir cuando su hijo cayera muerto por una bala perdida, entre los cohetes y petardos detonados por los chicos y adultos del barrio, después de transcurridos veinte minutos del año nuevo.

Pensó. Hasta que dejó de hacerlo. Después de veinte años la vieja sigue, loca, letárgica. Sigue huyendo.

 

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Corpulencia

Con semejante físico, es lógico, se da el gustazo de trompear, de vez en cuando, a escogidos cretinos en tren de patoteros. Ha noqueado, por ejemplo, a energúmenos choferes de colectivos. ¿Por qué limitarse a una discusión estéril, pudiendo escarmentarlos? ¡Ha corregido a tantos, elevándolos con naturalidad por sobre su cabeza, agitándolos, hasta hacerles deponer actitudes necias, presuntamente arraigadas! Impuso siempre su corpulencia, y permítaseme enunciarlo así: su preclaro vigor, como factor desmoralizante frente a comportamientos repetitivos de groseros y malintencionados. Ya desde la niñez el admirable Hércules implementó los mentados recursos. Con las mujeres se contiene: se limita a la —también mentada— estéril discusión.

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CAMINITO

Una sombra a lo lejos serás,

Una sombra lo  mismo que yo….

(1926) Gabino Coria Peñaloza y Juan de Dios Filiberto

Bajo los sueños que lo años minan

recorre mi memoria el caminito,

que mis pasos rolaron como un rito

de logros que caducan y se finan;

primer amor, el beso, se confinan

en promesas nevadas por el mito

de consumir las horas, como lito,

que se nervan y fácticos declinan.

Mirar aquel ayer, hoy me lastiman,

como luces y duelos que se enciman

desde glosas  del ciclo adolescente:

Ya en los pasos postreros de mi suerte,

caminito querido, vuelvo a verte,

como un paisaje azul sobre mi frente.

Lito: de litar, hacer un sacrificio.

construido a las 9,59 del 16 de abril de 2013

para mi Libro

“Colisiones asonantes”

Rodolfo Leiro

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CERRAR LOS OJOS

 

Cerrar los ojos para poblarse de Universo,
para apagar la voz que enmudece el brillo de los pájaros;
descender hasta el color de la memoria
y zozobrar en el espejo de la tarde indefectiblemente nuestra.

Llueve
Nos humedece el dialecto del encuentro.

Esther González Sánchez

Vigo – España

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SELECCIÓN DE POEMAS

Por Gonzalo Salesky

 

 

MUJER

 

Mujer alada,

vuelvo a soñarte,

pensando que puedes sacarme del duelo.

Creo que no sufres la crueldad del tiempo.

¿Sabes de mi lucha?

¿Sabes de esta vida turbia y sin afanes?

Debes escuchar los sueños del hombre,

tienes que saber cuál fue la verdad.

Vivo el mismo lado de tu eternidad,

con el corazón, carne sin alma,

mezcla de vacío y esperanza.

Latiendo mucho más de lo que sueña,

hoy parte, galopando en tu meseta.

VUELA

 

Vive sin pensar en la muerte.

Trata de vivir intentando.

Sueña, sin soñar lo que temes.

Vuela, sin mirar los fracasos,

sin más red que tus sueños.

Sacando tu alma fuera,

creciendo con las lágrimas,

dando gracias a Dios por tanta vida.

PROMESAS

Desprendiendo ataduras con el tiempo

saludaré de frente a la marea.

Extinguiré el incendio de tus labios,

profanaré mi tumba y tu silueta.

¿Te escaparás de mi, como otras veces?

¿Me dejarás soñar con tu ironía?

Sé que muy pronto saldrás, será tan fácil

como volver al punto de partida.

SOPLO

 

Un soplo te dio vida,

la manzana prohibida te alejó

de lo que siempre debió ser sólo tuyo.

Todo se cae, tarde o temprano,

todo es desvelo.

Insomnio,

secreto a voces,

distancia,

mar de preguntas.

Todo es verdad,

nadie te espera,

nada te vale vivir para los otros.

Hoy sólo queda el agua destinada

a lavar culpas,

a ser fina llovizna.

TREGUA

 

Tu deliciosa penumbra,

tus secretos,

tu espíritu radiante de mí.

La ausencia de fantasmas,

mi perdón,

deseos que de a poco ven mi trampa.

Le pediré una tregua a mi silencio,

a las cenizas de más.

Ya no me sigas,

hemos crecido.

Puedo dejar que vueles pero no,

no alcanza el tiempo.

PRONTO

 

La vida sin fantasmas,

el temblor de todo lo anunciado.

El soplo eterno,

la ansiedad,

la hora difícil.

El hambre,

nostalgia de otra época.

Empecinado en recordar lo que no olvido,

lo que nunca supe dar,

lo que no importa.

Pienso que todo va a morir,

sé que es muy pronto

para admitir la derrota del sol.

UN MITO MÁS

Mirando hacia atrás,

quizá el futuro se parezca

a un mito más,

a profecías enteras.

Sin motivos que me llenen

veo la luna marchitarse entre sombras.

¿De qué vale ser distancia? No es tu dios

quien recorre los pétalos de noche.

No es la brisa quien me llama,

no es tu voz la que grita

en medio del desierto.

No es el tiempo

quien le gana al reloj.

ALETEO

 

Dejo en tu vientre mi dolor,

el paso infame

de lo que siempre costó. Verte tan libre

me hace odiar un poco más al viento.

A tu aleteo sonoro,

a tu espejismo,

a tus preguntas.

Debes saber

qué triste es la verdad que no libera,

qué sueños son aquellos que persigues,

qué dulce es el puñal que todo acaba.

UN SOLO DIOS

Una mácula,

extinta de pecado,

salva tu voz.

Salva tu alma,

salvó tu piel de toda aquella angustia.

No queda nada, al fin,

si me detengo a pensar en otros brazos.

Hay un solo mediodía en el verano,

hay una sola luna,

un solo Dios.

No puedes romper estas cadenas

sin vacilar ni tejer la nostalgia

por el pasado.

Por la hiel,

por el milagro,

por los íconos viejos,

por el sol.

LLOVIZNA

 

Imágenes tenues de llovizna

se asoman al palacio.

El cielo parece reclamar

a cada ángel perdido y encontrado.

¿No ves que el sol está mintiendo?

¿No escuchas los halcones dorados?

¿Otro verano pasará sin llevarnos?

¿A qué le temes? Soy sólo un espejismo.

EL PESO DE TU CRUZ

Una isla a oscuras en medio del desierto

ataca mi vida y mis pecados.

El recuerdo y el temor de ser tan poco

me ganarán, no sé dónde encontrarlos.

La oscura realidad, la sangre muerta

agitan todo el peso de tu cruz.

LA BOCA Y EL ALMA

Vivo recordando

la nostalgia fugaz de tu belleza.

La noche absurda,

tu inocencia.

El caudal pretérito del odio,

tu ironía,

tu rubor

ante cada mañana repetida.

El faro del pecado, instinto inútil.

Tu perfume,

tus besos,

la humedad.

La década infame de locura

y el calor que compartimos

hoy y ayer,

ayer y siempre,

nunca tan solos.

Los primeros toques de la muerte,

las arrugas,

los sueños viejos,

causas perdidas de aquellas libertades

que hoy no persigo.

Que dejan secos la boca y el alma,

resabios del amor desperdiciado.

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YO TE COMPARO

 

Yo te comparo,

Juventud, te comparo

al arroyo que sube del naciente
en el goce de huellas que ya no son de nadie

creciendo a la extensión de estambres juveniles
y declaradas rosas de vientres de milagro.

No pude ocultarme entre tus broches

y atrás quedó
mi temperatura
entre tus manos
para traerme en grave, devastada
ceremonia, a una íntima verbena
en delgadez de olivas,

-estrato de mi tiempo más reciente-

y también te comparo

a una resurrección
de brisas atrapadas

en pozos de agua dulce
donde se lavan sales
y el sabor de lo triste y lo vacío

o al goce de savia renovada

que en dunas del tiempo

empadrona el color de sus verbenas.

Esther González Sánchez

Vigo – España

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SELECCIÓN DE TEXTOS

Por Leonardo Morgan

 

 

MICROORGANISMOS.

 

   Verónica  Beatriz Viterbo  al final de un  pasillo largo. El tiempo le había pasado  por  entrambos costados en  una doble caricia,  estaba idéntica  al primer instante en que la vio, cuando la había amado para siempre, allá por los aciagos años de la escuela secundaria.  Dios existía,  y venía  revelársele  ahora, en esta encrucijada.

Llegó hasta ella que sentada tras un mostrador, anotaba  algo en una planilla; en el bolsillo superior del guardapolvo blanco tenía  bordadas en celeste las iniciales VBV,  cuando levantó  la vista le dijo sorprendida y radiante:- ¡Uy qué hacés vos acá!

Venía a pedir turno para internarse de frente a una operación sencilla del corazón. Consiguió que los saludos derivaran en un café veloz. Le confesó que lo había tenido enamoradísimo y ella  rió sorprendida, eran tan niños entonces.

Un inmenso campo verde y húmedo  se abrió  de pronto. Todo quedaba  lanzado en suspensión hacia mediados de la semana que viene, a él lo operaban el martes, tendría unos cortos días de convalecencia,  y la cena sería, podría ser, el otro jueves, a confirmar.

Entró al quirófano bailando de felicidad, pero algo se complicó con la anestesia. Una luz  apareció en un túnel y fue flotando plácidamente hacia ella,  Jesucristo le dio una palmada de energía nueva en la espalda y todo se hizo aún más ligero: vio a amigos y seres queridos que habían abandonado la Tierra  hacía ya mucho, entre ellos perros, gatos y un canario llamado Caruso, que el nonno le había regalado cuando niño y que ahora  volaba  en espirales amarillo fosforecentes en torno a su cuerpo. Festejaban su venida. En cada instante sintió más plenas a La Luz y a la Bella Verdad. Era Bienvenido.

Una voz  lanzó un dardo:—“Verónica  Beatriz  Viterbo” y detuvo su marcha en seco. Luego la oscuridad y La Tierra.

Abrió los ojos : tenía cita con Beatriz el jueves. Dos enfermeras  y un doctor lo miraban. Por fin, dijo el doctor. Había estado unos cuantos segundos clínicamente muerto.

Verónica  Beatriz  entró apurada a la habitación todavía limpiándose la boca con una servilleta de papel, debía ser su minuto del almuerzo;-¡Qué susto que nos diste, Allan! Le dijo sonriendo. Entre sus dientes vio enredada una carlanga, un trozo de acelga negriverde,  un mensajero que le anunciaba implacablemente que, una vez más, había tomado la decisión equivocada.

 

MARE TENEBRARUM

 

Llegó al barco bajándose de otro barco, y como en los puertos no se hacen preguntas,  lo único que se sabía de él era que era koreano,  porque cuando alguien le gritaba “¡eh chino!” respondía “Korea, no China”.  Comía en un rincón, apartado del resto, y si sabía algo de castellano, no parecía interesado en ejercitarlo. Se deslizaba entre sus compañeros como las sombras por debajo de las puertas, suave e imperceptible.  Fileteaba el pescado con una velocidad que nadie había visto jamás. Parecía que nunca en la vida hubiese hecho otra cosa y que no tuviera más ambiciones que estar allí, en ese momento y haciendo eso. Sin darle aviso, 2 de los fileteros más rápidos, le jugaron una carrera, y en dos horas les sacó 3 cajones de ventaja.

Argentina y Korea del Sur se enfrentaron en un partido de fútbol en el último mundial. Durante el festejo de un gol,  uno de los marineros  lo sacudió desde atrás como si lo estuviera follando,  y gritando enajenado  “¡Korea, koreíta, te hicimos la colita!”   le mordisqueó una oreja ,  y el koreano le clavó en el cuello un tenedor que aguardaba por ahí, entre los restos de un almuerzo sin recoger.

Bajaron al marinero en Puerto Madryn. A duras penas habían coseguido pararle la hemorragia a “Mosqueta”, un personaje  jodón y bastante apreciado por sus compañeros. Esto no contribuyó a la popularidad del koreano.  La tripulación le propinó un  escarmiento. Las primeras ocurrencias fueron el colocar trozos de excremento en sus zapatos o bajo la funda de su almohada. La escalada fue continua; y sin embargo, el koreano  soportaba todo; era un buda inalterable y  fileteador de pescado.

Una  tarde en que el viento soplaba parejo, bajaron un bote a desenredar una red y un cabo se cortó y los 4 marineros cayeron al agua. Antes de pisar la cubierta, uno de ellos reparó en el koreano que estaba ayudando en el salvataje, y  bramó  “ ¡con razón, si es este chino de mierda que nos trae mala suerte!” Desde ese momento: cualquier desperfecto mecánico, cualquier contrariedad, si la pesca era escasa o el tiempo taimado, todo era culpa  del chino. Del chino maldito. Y fue que en medio de una  apasionante partida de truco, se averió un generador y todo quedó a oscuras.  La  pequeña silueta del koreano que  entraba  en el comedor, se recortó  en el marco de la puerta. Fue la gota final. Se le abalanzaron y lo golpearon,  y a la una, a las dos, y a las tres,  lo tiraron a las heladas aguas del Atlántico Sur. Si alguien no estuvo de acuerdo, acató silenciosamente el dictamen de la mayoría. Entre alaridos risueños  y escupitajos,  contemplaron complacidos cómo su pequeña cabeza que se alejaba para siempre bajo la luz de la luna plena, iba quedando bajo el nivel del mar.  Luego irrumpieron en su camarote, abriendo la puerta de una patada que hizo saltar un candadito y apilaron sobre cubierta sus escasas pertenencias. Todos rugieron de risa cuando Charly exhibía como un trofeo, un cepillo de dientes amarillo, con el que simulaba bañarse, frotándose aquí y allá. Tiraron su radio al mar, diciendo “ andate a bailar con los pescados, chino yeta”. Les daba risa que tuviera jabón o una máquina de afeitar descartable. Les daba risa que usara calzoncillos y que tuviera una media  con dos agujeros, y unos libros, una versión koreana del I-King  y una biografía de Johan Sebastian Bach. Como si el objeto de furia se encontrara allí, apalearon a una remera que el coreano usaba mucho y que tenía la inscripción “Enjoy California.” Uno a uno sus efectos personales fueron maltratados y meados,  antes de ser apilados sobre la superficie líquida, que poco tardó en tragárselo todo. Un marinero sustrajo de la vista del resto, la fotografía de una  mujer, con algunos ideogramas escritos en el reverso, algo amarillo por la  humedad del tiempo. La utilizó para inspirarse en sus masturbaciones, y en la última,  tuvo buen cuidado de acabarle sobre el rostro. Vació un vaso de ginebra y se puso a  mirarla  fijamente a los ojos a través del esperma y en su imaginación

vio una especie de medusa o monstruo marino, que le desató una risita. Después de cenar la rompió en trozos muy pequeños,  observándolos  flotar sobre las  pesadas ondas de un mar de alquitrán. “Andate con el chino, china puta!” le dijo. El humo  de su cigarrillo se confundió con el silencio melancólico de la noche. Mañana llegarían a Ushuaia, compraría unas botellas de whisky, un perfume para la gorda y la computadora que les había prometido a los pibes.  Escala en Río Gallegos, luego 3 días más pegando la vuelta…  y qué bueno, después de tanto tiempo, por fin nuevamente en el hogar.

 

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SELECCIÓN DE TEXTOS

Por Boris Gold

 

Y FUE EN EL PAÍS DE TRULALÁ

Hoy veinte de Julio del año dos mil cuatrocientos diez, será sin duda alguna una fecha que quedará grabada, en la mente de todos los habitantes del gran país de TRULALÁ.

Y no es para menos, dejaron de ser un lugar en el mapa sin tener historia, a descubrir que tenían una  digna de conocer.

Y no solamente se pueden sentir orgullosos por haber culminado con éxito este descubrimiento, sino también por la forma en que denodadamente ha trabajado el equipo de antropólogos, que solamente se han tomado un respiro al ver culminado lo que se habían propuesto.

Luego de infinidad de excavaciones fallidas y cuando la moral del equipo se encontraba bastante deprimida, fue que descubrieron esa cueva que pasaba bastante desapercibida por cierto.

En ella descubrieron lo que siempre buscaron con tanto ahínco, un sin fin de elementos que ayudarán a poner sobre el tapete, los pormenores de la trayectoria, desarrollo, decadencia y desaparición de nuestros ancestros.

Entre los objetos hallados, alfarería, ornamentos religiosos y huesos humanos el panorama a estudiar se presentaba sin problemas, lo único complicado eran las escrituras de los documentos que estaban escritos en el idioma de la época.

Pero esto no fue impedimento para que los especialistas en grafología antigua, redoblaran los esfuerzos para llegar de alguna manera, a desentrañar el contenido de dichos escritos.

Y así con paciencia y esmero sacaron a la luz la forma de vida y costumbres de la antigua TRULALÁ.

Así nos enteramos que la casta dominante de aquellos tiempos eran los KAKAKÁ, gente autoritaria acostumbrada a comprar voluntades y a no aceptar opiniones distintas a las de ellos, los seguían como grupo numeroso los ASCÓS, individuos con serios problemas estomacales, pues con solo ver a los que no pensaban como ellos vomitaban.

Esto último será  prioritariamente tema de estudio, por los científicos especializados en civilizaciones antiguas.

Los estudiosos del tema especulan con la teoría de que TRULALÁ en sus comienzos contaba con riquezas incalculables, pero cada rey que gobernaba venía con la consigna de haber tenido un contacto con DIOS y que este solucionaría cualquier problema que podía acontecerle al reino.

Así eran las cosas, el desgobierno era proverbial y si a eso le agregamos que un nuevo y numeroso grupo de gente.se había acoplado a esta suerte de ruleta rusa en que se había convertido el reino, el panorama presagiaba un porvenir complicado.

Los OKUPATEROS, así se hacían llamar, estos se dedicaban a tomar las chozas de otros y a ocuparlas, sin interesarles de quién eran, e importándoles muy poco lo que pensaran los demás.

Mientras tanto la encargada de gobernar en ese momento  era la reina PRISTINA (la elegida) y ella seguía al pié de la letra lo que su equipo de notables le indicaba, en especial la del jefe de todos ellos.

Un ex esclavo que supo a fuerzas de artimañas y mentiras envolver a todos, pero en especial  a la reina PRISTINA, dicho individuo era un personaje que por el color negro de su piel lo llamaban el MORENO.

A medida que el tiempo pasaba  y el descontento del pueblo era mayor, también el caudal de obsecuentes y alcahuetes iba en aumento, eso si, a costa de prebendas repartidas por encargados de tal fin.

Guiándose siempre por lo que pudieron descifrar en los escritos hallados, llegamos a una época oscura en la cual no hay vestigios de lo que haya pasado.

Después de este paréntesis y siguiendo el hilo de la investigación, hubo por fin entre los investigadores el momento más feliz, por las expectativas que tenían por ese tema, que era saber con certeza el triste final del reino de PRISTINA (la elegida).

Hoy se sabe a ciencia cierta que hubo una horrible epidemia, culpable al fin de ir matando a todos los habitantes del reino.

Puestos los huesos hallados en las avanzadas máquinas con que cuentan nuestras universidades y luego de someros estudios, se llego a saber con exactitud (no es tan así) lo que originó la desaparición de todo el pueblo.

Por supuesto que las discusiones fueron arduas y las controversias no faltaron, pues no se ponían de acuerdo en cuanto al origen del problema y esto ya pasó a ser un misterio.

Algunos se inclinaron a creer que fue la peste negra tan común en la época, la que se encargó de la matanza, otros opinaban que alimentos en descomposición habían originado una gran infección generalizada que se encargó del resto.

Pero lo más raro era lo que pensaba la mayoría, ellos estaban de acuerdo que el gran culpable de todo fue: UNA TREMENDA EPIDEMIA DE MENTIRAS, CAUSANTE DE LA DEGRADACIÓN DE LA MENTE Y ESPIRITU DE TODOS LOS POBLADORES, ESTO ES LO QUE MÁS SE ACERCA A LA VERDAD…PUES EL COROLARIO DE ESTA ENFERMEDAD ES POR DEMÁS CONOCIDA.

EPÍLOGO

SE COMPROBÓ FEHACIENTEMENTE QUE LAS PREBENDAS Y LA COMPRA DE VOLUNTADES, ES UN CAMINO LLENO DE BACHES, POR CONSIGUIENTE LLEGAR A UN FINAL FELIZ DE ESA MANERA….¡ES UN SUICIDIO!

***

 

Y SIEMPRE…ADELANTE

A veces viene a mi mente

Y una sonrisa me aflora,

Cuando me acuerdo de ella

Chica mal de casa bien,

Compungida me dijiste

No quiero dar el mal paso,

Me tragué todos tus sapos

Y este último…también,

Bajabas los ojos cohibida

Si yo quería besarte,

Si hablábamos de hurgar cuevitas

Eso no lo permite el Señor,

A lo sumo de la mano

Como dos buenos creyentes,

Y yo andaba más caliente

Que el verano…en Ecuador,

Me decías que las chicas

Que se precian de decentes,

No se andan manoseando

Sin pasar por el civil,

La cuestión que pasó el tiempo

Yo sin mojar la vainilla,

Dejaré de ser salame

                                                                                                       El día…del perejíl.

Ahora  nada me importa

Si la fulana es chapita,

Seguidora de rajaputra

O es adicta al bombón,

Si su peso es mas de treinta

Y tiene lo que hace falta,

Soy un indio en pie de guerra

Abrazado… a mi cañón.

Que lástima haber perdido

El tiempo con tanta milonga,

Muy lejos está el cielo

Y yo no he de llegar,

Entonces viva la joda

Con ganas y poca ropa,

Y si esa es la consigna

El piolín…quiero envasar.

Si total al otro barrio

Nos vamos cuando Dios quiere,

En bolas y sin documentos

Calladitos y sin chistar,

Por eso antes que llegue

Tiremos manteca al techo,

Apuntando hacia delante

Sin descuidar…al de atrás.

 

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POEMAS

Por Ana Romano

 

CUÑA

 

 

La matanza

coagula

El quejido

secciona

 

El soporte aflige

escarba

amputa

 

Inocula

-estéril

roto

perplejo-

 

autonomía.

 

CAUTIVO

 

Se sacude inquieto

aletea

Aun agobiado

se rebela

Mientras lo acordonan

en el intento de

aplastarlo

chilla

hiende

rasguña

Dispuesto

a salir (se)

además gime.

 

 

 

AÑORANZA

 

Asomada al recuerdo

emerge

tu

figura soberbia

autoritaria

desprotegida

En aridez

sembraste

diminutas semillas

La muñeca impávida

detecta

cómo llega la muerte

Despido

en cuanto salpica

un hálito de destellos.

 

DESCARTABLE

 

Arrastra

marginado

el cuerpo

La búsqueda

devuelve

miseria

El viento

entumece

¿Prosigue?

desnudo

Las ruedas pesan

e insiste

El hambre

traspasa su sombra

Sueña

con una frazada.

 

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*Amaba las rosas*

Desde que desperté a la vida, me fascinó ese ramillete de pétalos

conformando un pimpollo para unirse a la vida de un tallo.

A medida que se abría, su perfume embriagaba mis paredes internas.

y me encantaba ver sobre cada rosa las gotas de rocío, perlas cristalinas

que hacían de cada una de ellas una joya finísima.

Siempre había una rosa, que me invitaba a ser cortada, para regalar

a mi maestra, con un papel transparente y un moño de seda blanco

que era el toque acabado de mi presente…

Adornaron mesas, estantes, fueron detalles que llevé a casa de amigas

cuando fui de visita.

Fueron “ese” toque de estilo que mandé enviar en ocasiones “importantes”

Hoy me cubre una gramilla bien cuidada y verde…

En un precioso recipiente de cristal, nunca faltan rosas de todos colores

¡SIEMPRE FRESCAS! Pero yo…

ya no puedo oler su perfume…

*Las flores en vida, hermanos/as*

Libia Beatriz Carciofetti // Argentina

Derechos reservados Nº 452298

 

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SIMBIOSIS

Mi intimidad con la tristeza es tanta,

que sólo los colores la interpretan

que la noche y el viento no se espantan

que las ramas y el sol, también la aceptan

Esa ausencia de ruidos  que penetra

los umbríos follajes de las sombras

que detrás de los párpados inventan

siluetas imprecisas, mares, olas….

Ese dorado púrpura azulado

que juega por los techos en la noche

cuando el insomnio creador y alado

descubre entre las sombras, las razones….

destroza el arco iris y recrea

sueños disparatados de los grillos

habitantes ignotos de malezas

submundo del afán, la paz, el sino…

¡Y el silencio acaricia los oídos

y el alma queda desvaída y sola,

se pierde entre las hojas y los nidos

mientras se duermen las palomas… ¡!

Yolanda Solís Molina

 

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